Perséfone 009: Tela de Araña

[haz click aquí para descargar la versión pdf]






EN EL NÚMERO ANTERIOR: 
Afrodita ha llegado a Blugdor y ha transformado las Colinas de la Escoria en un lugar paradisíaco mientras Perséfone se pregunta cuáles son sus intenciones.

El césped del jardín era como una suave alfombra bajo sus botas, aunque Perséfone sabía que esa sensación no era real. Había mucha más gente que la que había visto en la pantalla y más que seguía llegando. Se dijo que eso era bueno, sería fácil pasar desapercibida entre la multitud.
No tendría que estar allí ¿Para qué demonios había ido? Si aquello tenía algo que ver con Hades no era buena idea y si no la tenía… menos aún. ¿Echaba de menos la organización que había traicionado? Era tarde para arrepentirse, Hades no la perdonaría nunca y ella tampoco tenía ninguna intención de suplicarle. Y, sin embargo, buscaba a sus antiguos compañeros entre las sombras sabiendo que solo podría encontrarlos si ellos querían dejarse ver. No lo conseguiría por mucho que lo intentara y, de todas formas, ¿qué haría si los viera? «No volvería ni aunque me lo pidieran», se decía. «No he venido por Hades, sino por los idiotas de Algernon y Martin. Venir a meterse en la boca del lobo… ¿Dónde estarán? Los profesores universitarios no destacan entre la multitud y ahora sí que me vendría bien que lo hicieran… Es a ellos a quienes estoy buscando. Solo a ellos». Se obligó a dejar de mirar las sombras y los rincones y a concentrarse en la gente, entre los desconocidos encontraría a los dos hombres que buscaba. Le llevaban unas horas de ventaja, entre que ellos habían salido de la universidad y ella se había enterado de sus intenciones, pero una vez en la explanada que daba acceso a la edificación estarían tan confusos como lo estaba ella.
«¿Por qué tengo que engañarme a mí misma? Como si así fuera más fácil. Ellos solo son la excusa, en el fondo no quiero protegerlos de nada. ¿Qué me importan? ¿Tengo yo la culpa de algo? ¿O es que sí quiero protegerlos? No. Yo no tengo madera de heroína, como Scream. Tonto idealista. No tengo por qué ayudar a nadie y menos a esos dos idiotas. Ellos no moverían un dedo por mí si yo estuviera en problemas».
Sacudió la cabeza para alejar las sombras que tenía dentro, sombras que dolían como no lo hacían las personas a las que buscaba; no solo las que tenía en la cabeza, también otras en las que no quería pensar. Perséfone corría, siempre hacia delante porque el pasado le hacía demasiado daño. Y nada le devolvería a un hermano muerto. Nadie te cuenta secretos para hacerte un favor. Eso era lo que más la reconcomía por dentro después de la conversación que había tenido esa mañana. El precio. ¿Cuál era el precio? «¿Qué quieres de mí, Bayley? Te equivocas si piensas que puedes imponerme una deuda contigo. No voy a pagar por algo que no quería saber».
Actuar era lo mejor para no pensar, por eso estaba allí, inmersa en una loca carrera para salvar a los dos profesores… ¿De qué? ¿Qué era aquel enorme edificio que había proyectado Afrodita?
La ilusión también la afectaba a ella. Se sentía impresionada por las enormes columnas que marcaban la entrada al recinto aunque sabía que no existían y que el jardín sobre el que paseaba no tenía un camino enlosado con mármol blanco. El edificio estaba cerrado, pero la gente se agolpaba en las cercanías y se habían formado colas desordenadas esperando para entrar. Entre los que esperaban encontrar trabajo en el complejo de ocio también se encontraban muchos curiosos que estorbaban a los que estaban haciendo cola. Perséfone frunció el ceño, la mentira no podría prolongarse durante mucho tiempo y el futuro en el que todas esas personas habían puesto sus esperanzas no era en realidad más que una montaña de basura. ¿Pero qué estaba haciendo? Si seguía pensando en los demás terminaría como Scream, queriendo salvar a la gente. «Él no entiende que no puedo ayudar a los que no me han ayudado y, de todas formas, si les gritara que todo es mentira no me creerían. Eso es parte del encanto de Afrodita, la base de su poder, porque queremos creer la mentira que nos muestra. Es más fácil creer en la ilusión que aceptar que no existe».
Suspiró de alivio cuando descubrió a sus compañeros en la fila que esperaba para entrar; el profesor Algernon hacía aspavientos con las manos, sin ocultar la indignación que Martin intentaba calmar con poco éxito. Si supieran que su basura no había desaparecido, que continuaba allí y que seguramente la estaban pisando sin saberlo… pero a ellos tampoco podía decírselo, solo podía acercarse e intentar convencerlos para que se marcharan.
No iba a ser fácil.
—¡Ah, Fisher! —la saludó Algernon en cuanto la vio llegar—. ¿Ha visto? Nos tratan igual que a todos estos indigentes, no nos dejan hablar con ella “a la cola” nos mandaron. ¡Y no era más que una niña! Ni habló siquiera, solo señaló la fila. ¡Somos profesores de la universidad de Blugdor! ¡Esto es indignante!
Perséfone se fijó en que en el pórtico que daba acceso al complejo no había guardias de ningún tipo, solo estaba la pequeña que había visto en la pantalla, custodiando la entrada. Y, sin embargo, la gente permanecía quieta junto a los escalones de entrada, sin hacer ningún intento de acceder al edificio. Cuando alguien trataba de subir el primer escalón la niña se acercaba y se limitaba a señalar la cola, entonces se retiraban sin rechistar. Perséfone pensó que quizás fuera algo mayor de lo que había pensado al principio, pero estaba desnutrida y sus ojos castaños se veían muy grandes en su rostro redondo. «Sin embargo, ni siquiera su imagen tiene por qué ser real. Debo tener cuidado».
Desconfiaba de todo lo que la rodeaba, incluso de la misma gente que se mantenía demasiado tranquila. Nada era real, no lo era el jardín que rodeaba el edificio, ni las columnas, incluso los peligros que creía que acechaban en las sombras podían ser  falsos. Una gran mentira. ¿Por qué no la gente? Un hombre tropezó con ella pero hasta el contacto podía ser una sensación provocada por la ilusión. Insistía a sus compañeros en que debían alejarse de allí, pero Algernon no la escuchaba. Su atención se había visto atraída por un vehículo que avanzaba despacio entre el gentío.
Todos reconocían el deslizador del alcalde y se apartaban para dejarle paso, pero dentro solo viajaba Afrodita. El vehículo se detuvo a unos metros de la escalinata y la niña descendió hasta él y abrió la puerta para que ella pudiera salir. La gente se mantenía a distancia, pero todos la miraban y contenían la respiración como si fuera una gran estrella de cine. Afrodita se dejaba adorar, sonrió y levantó la mano para saludarlos, el deslizador se había detenido a suficiente distancia como para permitirle un corto paseo entre la multitud.
Quería que la vieran, que la adoraran. Era tan extraño, ella que siempre había preferido ocultarse, tender ilusiones como telas de araña, trampas en las sombras para que los que se acercaban por casualidad cayeran en ellas.
Y eso tenía que ser otra trampa, pero era demasiado grande, demasiado vistosa. Los que llegaban a ella lo hacían atraído por su misma presencia. Ella los estaba llamando.
Avanzó muy despacio, precedida por la niña. La gente retrocedía para dejarle espacio, algunos intentaron alargar la mano para tocarla pero los que lo hacían la retiraban al instante, retrocediendo, dejando que caminara como la diosa que parecía ser, mencionando su nombre como si fuera una oración.
Perséfone contuvo la respiración cuando pasó cerca de ellos, sentía el nerviosismo de Martin a su lado, el joven profesor incluso había bajado los ojos en señal de respeto, pero el profesor Algernon parecía ser capaz de sobreponerse al influjo porque levantó la mano y gritó. Lo hizo con todas sus fuerzas, enarbolando en la mano sus credenciales, para llamar la atención de la diosa en medio de la multitud. Los ojos de Afrodita se desviaron un momento hacia él, no obstante pasaron de largo su persona y se detuvieron en la que estaba a su lado, intentando pasar desapercibida. Perséfone no intentó sonreír. No estaba segura de estar preparada para el reencuentro, pero ya no había marcha atrás. Era evidente que la había reconocido.
—Soy el profesor R.T. Algernon, de la universidad de Blugdor. Si pudiera concederme unos minutos le hablaríamos de nuestro proyecto… —el profesor intentaba atraer su atención, Perséfone no sabía cómo conseguir que se callara.
—Algernon, creo… —su consejo se perdió en un susurro al que él no hizo ningún caso, pero que consiguió que Afrodita dirigiera sus ojos hacia él, siendo consciente de pronto de su presencia. La diosa extendió los brazos hacia el profesor y Perséfone se preguntó qué acababa de hacer. Venía a ayudarlos y era posible que los acabara de meter en un lío.
—Acompañadme, hablaremos dentro con más tranquilidad —la voz de Afrodita era dulce y musical. Levantó la mano y la gente se apartó para dejar que el grupo se uniera a su comitiva. Los elegidos de la diosa. El profesor Algernon la siguió, ufano por haber hecho valer su acreditación, sin embargo Perséfone sabía que no le interesaba nada la propuesta, que ni lo había escuchado. La trampa era para ella. Y se iba a meter de cabeza.
«¿Sabías que vendría, Afrodita? ¿Has montado todo esto para encontrarme?» O quizás era demasiado presuntuoso pensar eso «solo me ha reconocido, tal vez ni siquiera recuerda que ya no pertenezco a la organización de Hades». La mente de Afrodita podía ser todo un misterio para muchos. Su locura no era perceptible a primera vista, lo que contemplaban era la fragilidad y la desgracia que atraían a todos los que la rodeaban. A algunos los fascinaba con su belleza y otros sentían la necesidad de cuidarla y protegerla. Tal vez era ella la única que se libraba de su influjo, la única que veía a una mujer más fuerte de lo que parecía debajo de esa apariencia frágil. «Conmigo las ilusiones no te hacen efecto. Yo sé lo que eres realmente aunque ahora no pueda verlo. Yo te di la capacidad para hacer todo esto. Y no lo hice por ti. No me dabas lástima, solo quería que Hades se sintiera mejor, que pudiera mirarte a la cara sin sentirse culpable por lo que te había ocurrido… que dejara de desear protegerte». Y Perséfone pensó que a ella nadie la había cuidado ni protegido nunca.
«No lo necesito, puedo cuidarme yo sola… O quiero pensar eso porque no tengo a nadie en quien apoyarme». A veces era mejor no mirar demasiado en el interior de uno mismo. «En el fondo, todos ocultamos nuestros monstruos con ilusiones».
Se situaron detrás de Afrodita, caminando hacia el edificio. Perséfone agradeció ir junto a los dos investigadores, las miradas se concentraban en ellos y podía pasar desapercibida. La niña se quedó en la puerta cuando los cuatro pasaron al interior.
Un amplio vestíbulo los condujo hasta unas escaleras, que parecían doradas bajo la luz que proporcionaban pequeñas lámparas situadas en la pared. El profesor Algernon se adelantó unos pasos para ponerse a la altura de Afrodita y no perder tiempo en explicarle su propuesta.
—Como usted comprenderá, nuestro estudio es de gran importancia y no tiene que perjudicar su proyecto, incluso pueden complementarse. Solo necesitamos la basura, si nos dice donde está nosotros no informaremos de nada —el profesor estaba seguro de que la habían trasladado a otro lugar, seguramente de forma ilegal, y no le importaba mientras consiguiera localizarla—. Podemos colaborar —insistía—. Seguro que este complejo necesitará un sistema de gestión de residuos y nosotros podemos…
Perséfone sabía que Afrodita no lo estaba escuchando, pero no le pidió al profesor que esperara a un mejor momento; oírle resultaba agradable, no se imaginaba lo que podía ser pasear por el largo pasillo al que los condujo las escaleras en silencio.
—Estoy cansada —fue lo único que respondió Afrodita, sin mirar a nadie. Martin se apresuró a acercarse a ella, solícito, como si la mujer estuviera a punto de derrumbarse y él fuera a sostenerla. El profesor Algernon detuvo su discurso y miró a su alrededor, preocupado. No había sirvientes allí dentro, nadie a quien pedir ayuda. Sin embargo, la gente llevaba entrando en el edificio varios días. Y no salían. «¿Para qué? ¿Qué haces con ellos? Esperaba docenas de súbditos adorándote…».
Afrodita les dedicó una sonrisa cansada y abrió una puerta, ante ellos apareció un gran salón de aspecto acogedor, con sillones mullidos y bandejas en las mesas llenas de frutas, dulces y licores. Todo a su disposición. Les pidió que entraran allí, pero detuvo a Perséfone con un gesto cuando iba a seguir a sus compañeros.
—Esperadnos aquí. Ella me acompañará.
—Por supuesto —respondió Martin, acallando la débil protesta de Algernon y suponiendo que necesitaba ayuda femenina, de todas formas se ofreció—. Si podemos hacer algo…
Afrodita negó con la cabeza y antes de que él terminara la frase cerró la puerta.
—Estarán cómodos —dijo, y Perséfone pensó que ellos no se habían dado cuenta de que estaban encerrados en una habitación sin ventanas, se habían quedado mirando a las dos mujeres hasta que la puerta se cerró.
«Ya no tenemos que fingir», pensó Perséfone, «ya puedo ser la asesina sin escrúpulos que odias y tú el monstruo que se esconde bajo esa apariencia falsa». Lo deseaba, quitarse el disfraz y hablar libremente, sin embargo Afrodita no perdió su pose y la condujo en silencio hasta otra habitación: un pequeño invernadero con una piscina de aguas burbujeantes y cómodos sillones con cojines tan mullidos que se hundían cuando te sentabas en ellos. No olía a flores, aunque veía muchas, sino a un perfume tan intenso que le picaba la nariz. Perséfone se quedó de pie y Afrodita la contempló desde el asiento sobre el que se había dejado caer. No parecía falso que estuviera cansada, tenía que estarlo para mantener viva toda aquella ilusión. Perséfone notó que sus pasos sobre el frío mármol del suelo no tenían eco.
Hacía mucho que no estaban tan cerca, que no se miraban a los ojos. Perséfone quería romper la ilusión y contemplar el rostro deforme de su oponente, ver la locura en su mirada en lugar de tristeza. «¿Es lo que yo quiero ver o lo que ella quiere que vea? ¿O una mezcla de ambas cosas?»
—¿Qué quieres? —le pregunto a bocajarro, aguantando el deseo de ayudarla y protegerla que a su pesar sentía. «Igual que lo sentí entonces… pero la envidia era más fuerte».
—Fuiste tú. Me hiciste daño. Me destrozaste —no había ira en sus palabras, tan solo la constatación de un hecho. Afrodita hablaba en voz baja, en un tono suave, como si no tuviera fuerzas ni para pronunciar el leve reproche. Perséfone se cruzó de brazos, intentando contener las ganas de gritar. Quería decirle que no fue ella, que fue él, Hades. Que Tracy Swoop, la mujer que había sido antes de convertirse en Afrodita, ya estaba destrozada y fue él quien no supo aceptarlo, pero en el fondo no era cierto. No había insistido, no había explicado nada y había terminado por destrozar la ruina en la que se había convertido para transformarla en lo que era ahora. «Podría haberte protegido, sí. Podría haber hablado. Y no lo hice por él. Por él». No iba a justificarse ahora. No ante ella. Agarró el bolso con fuerza, como un escudo, preparada para lo que tuviera preparado su oponente. No iba a suplicar ni a intentar engañarla. Ya no.
—¿Has venido a matarme? Hades me perdonó —en realidad las cosas no habían sido así exactamente, a Hades le había parecido suficiente dejarla en su propio infierno, pero no creía que Afrodita pudiera entenderlo—. Ya no hay recompensa por mi cabeza.
Afrodita soltó una carcajada y su risa fue cruel, su voz musical se oía un poco ronca.
—¿Recompensa? ¿Para qué la quiero? Ya hago realidad todo lo que deseo.
—Todo es falso.
—¡No! —los ojos de Afrodita se desenfocaron un segundo y Perséfone casi pudo ver la locura en ellos, la ira que surgía de dentro, oculta bajo esa apariencia de tranquilidad.
—Eres un monstruo, Perséfone. Y quisiste que yo lo fuera. ¡Fue culpa tuya! Ahora seré yo la que te haga daño.
Afrodita no se movió, pero Perséfone metió la mano en el bolso y sus dedos tocaron la culata de la pistola, se separó unos pasos, buscando mejor ángulo de tiro. Era posible que su contrincante adivinara sus intenciones. No importaba. Ella sería más rápida.
—No voy a matarte —Afrodita sonrió de nuevo y la ira en sus ojos despareció—. ¿Qué castigo sería ese? Dejarías de sufrir mientras yo lo seguiría haciendo todos los días, cada vez que recuerdo… Te haré lo mismo que me hiciste a mí. Destruiré todo lo que tienes, la patética vida en la que te escondes. Destruiré tu ciudad, tus amigos, hasta que a tu alrededor todo esté vacío.
Quizás el peor momento es aquel en el que te das cuenta de que hay tan poco en tu vida que puede ser destruido que las amenazas no importan, pero eso Afrodita no podía saberlo.
—Hades no sabe nada de todo esto ¿verdad?
—No le importará. Y eso también te hará daño. Lo sé. Mucho daño —Afrodita se levantó—. Eso no pudiste quitármelo. A mí me cuidan, me protegen, me aman. A ti te odian todos los que te importan. Espero que disfrutes de tu estancia en mis sueños. Los he creado para ti.
No le dejó opción a réplica, salió por la puerta y ésta, inmediatamente, desapareció. Un invernadero sin ventanas ni puerta al exterior, las plantas lo cubrían todo. Se derrumbó sobre uno de los sillones. Afrodita tenía razón. ¿Qué era peor, la fría indiferencia de Hades o el odio intenso de Kain? El primero ni siquiera prestaría atención a lo que le ocurriera, el segundo disfrutaría al verla sufrir. ¿Qué diablos era peor? Todo duele igual.
Y tendría sobre su conciencia los cadáveres de Algernon y Martin, quizás ahora mismo Afrodita estaba con ellos y ella encerrada allí, sin poder hacer nada, hundiéndose en la autocompasión. «¿Lo ves, Scream? No tengo madera de heroína. Hago daño a la gente en lugar de salvarla».
«Y estoy encerrada».
¿Seguro? ¿Dónde se encontraba en realidad? Todo lo que la rodeaba era una ilusión y lo mismo podía estar encerrada entre amasijos de metal en medio de la basura que al aire libre. Su prisión sería real mientras ella creyera que lo era. Cerró los ojos, intentando concentrarse en los sonidos, la parte que había percibido más frágil de la ilusión; se concentró hasta que, al fin, sintió el sonido del viento golpeando algo metálico encima de ella. Sin abrir los ojos extendió los brazos y tocó algo sólido, como si las plantas que cubrían las paredes hubieran desaparecido. «Nunca han estado aquí». Lo siguiente que notó fueron las arcadas, el perfume se había desvanecido y ya no ocultaba el olor penetrante que había debajo. El cojín sobre el que se sentaba no desapareció así que eso debía ser real, o estaba sentada sobre algo blando que se hundía. Blando y pegajoso. Se atrevió a abrir los ojos. El edificio había desaparecido y estaba semienterrada en medio de la basura, en una oquedad que formaba lo que parecía haber sido la cabina de un aerodeslizador y, a su alrededor, descomponiéndose, había una docena de cadáveres. Los que habían entrado en el edificio durante esos últimos días, pensó. El agua que burbujeaba en lo que le había parecido una piscina era sangre. Perséfone se levantó de un salto al darse cuenta de que estaba sentada sobre uno de los cuerpos.
«Pero… ¿qué..?»
Vomitó.



EN EL PRÓXIMO NÚMERO

Los hilos de Afrodita se tensan alrededor de Perséfone. ¿Cómo surgió el antagonismo entre las dos mujeres? Lo descubriréis pronto.






4 comentarios:

Roberto Cruz dijo...

Excelente capítulo que servirá como introducción a los neofitos en el Tecnoverso al personaje de Afrodita, dándonos una muestra impresionante de todo su poder. Para los que ya no lo somos tanto, la historia se convierte en un capítulo de transición, fijándonos más en el conflicto mental/moral que arrastra Perséfone, tratando de encontrar "su lugar en el mundo". Eso si, en ambos casos esperaremos con ansía la llegada del siguiente capítulo para ver el desarrollo completo de la trama, que promete...

Raelana dijo...

Con este capítulo tuve muchas dudas, porque mi intención era introducir al lector dentro de la ilusión, que la sintiera, que la viviera y el ritmo es tan pasuado y la acción es poca que siento que le falta algo. Intenté compensar con tensión emocional y creo que sigue quedándose corto, pero necesito ese ritmo pausado para llevar al lector (y luego "sacarle de" xDD) donde quiero.

WilliamDarkgates dijo...

Con dificultad, al fin pude leer el número 9 de Perséfone. He de comentar, que el arte de la portada ha quedado genial. Afrodita se ve hermosa. En cuanto a la historia, pues Rae va planteando la situación de forma genial, aunque se siente cierta lentitud. Es interesante ver como Persy se va definiendo no solo al contrastarla con sus rivales, sino con otros personajes dentro del tecnoverso como Scream. De verdad que el personaje cada vez va quedando mas redondo.

Raelana dijo...

¡¡¡Gracias Will!! y sí que creo que este capítulo quedó lento. En realidad creo que se va notando que más que crear una historia para Perséfone lo que estoy es intentando conocerla.

Publicar un comentario en la entrada