Perséfone 010: El monstruo en el espejo

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EN EL ÚLTIMO CAPITULO:
Encerrada dentro de la ilusión de Afrodita, Perséfone necesita de toda su fuerza de voluntad para salir de ella y descubrir el horror que en realidad la rodea. Un horror del que siente culpable y que tiene raíces enroscadas en el pasado. 

Desde que llegó a la organización de Hades, la mayoría de las noches Perséfone tenía pesadillas y despertaba entre sudores fríos, intentando escuchar alguna respiración en la oscuridad de su dormitorio que no fuera la suya. No encendía la luz. Si Hades estuviera allí no podría verlo de todas formas así que permanecía muy quieta, en silencio. Aguantaba la respiración y soñaba con un suspiro, con un aroma que nunca percibía. Era un mal sueño. Estaba sola.
Entonces se regañaba por desear que sus pesadillas se hicieran realidad.
Se levantaba a medianoche y se duchaba, como si el agua caliente pudiera llevarse todos sus remordimientos por el desagüe. Intentaba desenredar sus rizos frente al espejo empañado de vaho, percibiendo su figura borrosa. «¿Qué estoy haciendo? ¿En qué me he convertido?»
Ya no le sonaba extraño el nombre que había escogido: Perséfone. Ya se giraba cuando la llamaban por él.
Casi todos los reclutados por Hades habían tomado nombres de los mitos del inframundo. Nombres que los definían. La organización no buscaba crear un infierno de dolor y demonios, sino impartir justicia. Hades era un juez implacable que escarbaba en el alma de los hombres y los condenaba por sus acciones equivocadas. Era duro pero ecuánime. No se enfadaba, nunca mostraba ira ni odio. Si lo sentía lo guardaba muy bien detrás de esa capa de imparcialidad que lo cubría. Él no cometía crímenes sino que ejecutaba sentencias y Perséfone se preguntaba todos los días cuando le tocaría el turno a ella. Sin embargo, él no lo sabía ¿por qué no miraba en el fondo de su alma, como hacía con los demás? En algunos momentos el temor a que eso sucediera se apoderaba de ella, en otros los remordimientos hacían que lo deseara, aunque supusiera una condena que no estaba segura de poder afrontar.
Escogió el nombre de Perséfone soñando ser algo más que un miembro útil de su organización y él la convirtió en su mano derecha. Ella era el brazo que ejecutaba sus sentencias. Mataba con el pulso firme, sin dudar ni temblar. Nunca cuestionaba las decisiones de su señor y él no dudaba de su fidelidad. La confianza era tan intensa que no veía el monstruo en que se había convertido. «O tal vez siempre he sido así». La imagen que Hades tenía de ella estaba tan emborronada como la que ahora le ofrecía el espejo. Él nunca había comprendido la dualidad del nombre, que se debatía entre la oscuridad y la luz, cruzando el límite cada cierto tiempo, conforme aparecían los recuerdos o resurgían las esperanzas. Ambas le producían remordimientos. Había abandonado a sus hermanos, estaba traicionando a su señor. ¿Cómo podía servir a la justicia?
«No sirvo a la justicia. Lo sirvo a él. Nada más».
Se había pasado la vida intentando pasar desapercibida y lo lograba. Era extraño, Hades se había vuelto invisible pero en el fondo se mostraba mucho más que ella. No tenía rostro pero no era necesario, con la voz, con el sonido de su respiración ya era suficiente. Ella en cambio se enroscaba dentro de sí misma y, aunque era visible, nadie sabía cómo era. Esa era la verdadera invisibilidad. «Puedo desaparecer sin dejar de ser yo misma… pero él querría dejar de ser él, romper con su pasado como si nunca hubiera existido. Pero no lo conseguirá, porque quiere que Tracy vuelva a ser como antes y ese deseo lo ata a todos esos recuerdos de los que quiere alejarse».
Hades destruiría todo lo que quedaba de ese pasado, lo haría pedazos y no sería por venganza, sino por justicia. Todo quedaría reducido a cenizas excepto esa mujer que le recordaría siempre quién fue antes de desaparecer. Había sido él quien escogió su nombre en clave: Afrodita, y quien la había puesto en manos de Perséfone. «¿Por qué confía en mí?». Tracy Swoop había sido su nombre real, pero ya nadie lo utilizaba. Perséfone era la única que se resistía a usar el alias, se decía que era por sentido práctico, porque Tracy aún no se había acostumbrado a su nuevo nombre y no respondía a él. Lo cierto era que tenía miedo, porque podía borrar del todo su conciencia y transformarla en otra persona.
«Hades quería que volviera a ser la de antes, pero eso es imposible. ¿En qué la estoy transformando? ¿Qué está perdiendo por mi culpa?»
Eso no era lo que debía preocuparla, lo que importaba era lo que ganaba él. Apaciguaría su conciencia. Al devolverle todo lo que había sido, Hades podría estar en paz.
«Y yo puedo equivocarme. Y las cosas pueden salir bien».
Perséfone no tenía muy claro si intentaba engañar a los demás o engañarse a sí misma. Si era lo segundo no lo conseguía del todo.
Era la primera en llegar al laboratorio y cuando Tracy entraba siempre la encontraba abstraída sobre la mesa, haciendo cálculos y con media docena de extraños aparatos a su alrededor. No se saludaban. Tracy se sentaba a esperar a que ella levantara la cabeza e hiciera ver que se había dado cuenta de su presencia. En realidad la sentía desde el primer momento y se notaba rígida sabiendo que la mirada de aquella mujer estaba clavada en su espalda.
No eran amigas. Al principio, Tracy intentaba hablar con ella, pero al ver que sus comentarios no tenían respuesta había dejado de hacerlos. Se sometía a cada sesión con paciencia, aguantando el dolor que debía sentir. Había sufrido ya tanto que un poco más no parecía importante y la recompensa podía ser muy grande si todo salía bien. Era un nuevo tratamiento al que se sometía, otro más. No intentaba ocultar que estaba muy nerviosa.
La esperanza de volver a recuperar su antiguo rostro la hacía sonreír.
—¿Podrá la gente volver a mirarme a la cara? —era la única pregunta que había hecho. Perséfone le había dicho que sí y ella no había preguntado nada más. Si tenía que pagar un precio prefería no saber cual era.
Lo había visto en muchas ocasiones, gente que prefería olvidarse de las consecuencias a tener que afrontarlas como si así desaparecieran del todo. Y entendía a Tracy: era un monstruo. Todos apartaban los ojos de su rostro y no lo hacían con desprecio sino con lástima lo que era mucho más doloroso. Ella veía cómo le hablaban mirando un punto que estaba a su espalda o con la cabeza gacha mirándose los pies. No lloraba al comprenderlo, pero se retraía como si se avergonzara, como si ella tuviera la culpa de lo que le había sucedido. Hacía mucho que no era capaz de mirarse al espejo.
Tracy había deseado ser más valiente y admiraba a la mujer que iba a devolverle todo lo que había perdido en el incendio de las oficinas QI, del que había sido la única víctima. Perséfone no sonreía ni le daba ánimos, pero sí clavaba los ojos en los suyos, era la única que se enfrentaba a su rostro deforme. Aunque le desagradara, se obligaba a hacerlo. Tracy estuvo a punto de preguntarle alguna vez por qué lo hacía, pero no se atrevió. Habría sido más fácil si fueran amigas. Si la científica no hubiera puesto un muro delante de ella que nadie podía atravesar.
Si Tracy hubiera sabido lo que sentía Perséfone seguramente se habría horrorizado. Los sentimientos de apoyo que creía sentir de su parte no existían; lo que veía era solo la obligación que se había impuesto. Tenía que contemplar cada resquicio de realidad para saber si ella era capaz de transformarla. Al mirar aquel rostro quemado Perséfone sentía que debería compadecerla, pero no era capaz de hacerlo. Compadecía a Hades, que sufría al pensar que era el causante de ello, pero no era capaz de compadecer a Afrodita.
Sí, Afrodita.
Nunca supo el momento en que empezó a llamarla así. Se decía que era porque todos usaban ese nombre y resultaba más cómodo, porque Hades deseaba que la llamaran así, una nueva mujer emergiendo de la antigua. Y funcionaba. Afrodita empezó a crear pequeñas ilusiones y su rostro se entusiasmaba al ver cómo las señales de cicatrices desaparecían. Había empezado por las manos, el lugar que mejor podía ver y controlar. En ocasiones no lo lograba del todo y se veían como dos imágenes superpuestas, la ficticia y la real. El rostro de Afrodita sufría al ver que no conseguía controlarla y la realidad terminaba superponiéndose. Entonces sí lloraba, porque creía que no lo lograría nunca.
—Lo conseguirás. Aún nos queda mucho camino —el torpe consuelo de Perséfone no le servía de mucho y se quedaba callada durante algún tiempo, mirándose las manos. O quizás mirando algo que no existía, que solo estaba en su mente. Después de un rato abstraída se tranquilizaba, pero no volvía a la realidad hasta que la llamaban con insistencia. Le costaba enfocar la mirada cuando volvía, como si despertara de un sueño.
Caronte la ayudaba en el experimento y contemplaba esos momentos de abstracción con el ceño fruncido. «¿Intenta concentrarse?» sugirió Perséfone, él estuvo de acuerdo aunque ella no estaba del todo segura. Tracy desaparecía porque Afrodita la estaba devorando. Quizás fuera lo mejor para ella. Una mujer nueva cuando no se podía recuperar a la antigua. «Solo obedezco órdenes», solía decirse. No tomaba ella las decisiones, pero era imposible que Hades las tomara si no le daba toda la información.
No había sido capaz de advertirle de los peligros del experimento aunque lo animaba a acudir al laboratorio y también llamaba la atención de Caronte sobre cada señal extraña que percibía. Los momentos en los que Afrodita se perdía en su mundo invisible eran cada vez más continuos, pero los dos hombres no le dieron importancia. Veían los avances, cómo la ilusión era más real a cada día que pasaba y la sonrisa de Afrodita ya no era un rictus amargo sobre un rostro deforme. Perséfone era la única que comprendía que estaba perdiendo la razón.
Ni siquiera ella se daba cuenta y en sus momentos de lucidez le daba las gracias. Perséfone sentía deseos de gritarle, de pedirle que no se fiara de ella. Que sí, era capaz de comprenderla, pero no la apoyaba. ¡No lo había hecho nunca! «¿Es que nadie se da cuenta? ¿Nadie es capaz de ver que la envidio?»
Las noches se hacían cada vez más largas y los días de trabajo más duros. Perséfone se miraba al espejo y se veía pálida y ojerosa. Y tenía dudas, ¡tantas dudas! ¿Y si se equivocaba? ¿Y si Afrodita se abstraía precisamente para crear las imágenes que dentro de poco verían todos? Las ilusiones nacían de su interior y todavía no era capaz de sacarlas fuera. Parecía tan lógico. Todos habían aceptado la explicación. Ella también quería creerlo para que los remordimientos desaparecieran, pero a lo más que llegaba era a fingir que lo creía. Seguía adelante. Afrodita recreaba cada vez con más certeza su antiguo cuerpo. Las imágenes superpuestas casi no se distinguían, la imagen real era ahora tan borrosa que parecía la falsa. Hades estaba satisfecho y eso era lo único que la alegraba. Perséfone había dejado de tener pesadillas porque ya prácticamente no dormía, daba vueltas en la cama todas las noches sin conseguir conciliar el sueño.
«Yo soy el verdadero monstruo», pensaba. No llevaba cicatrices en el rostro, como Tracy, las suyas estaban en el alma y nunca podría crear ilusiones que la ocultaran si alguna vez alguien se decidía a mirar dentro de ella. Sus compañeros se habían sorprendido de lo fácil que le resultaba disparar, de la frialdad con la que ejecutaba las sentencias de Hades, sin sentir remordimientos. Y era tan sencillo. Porque todas esas muertes eran justas. Lo terrible lo estaba haciendo allí, porque Afrodita no había tenido juicio ni condena, ni siquiera había hecho nada por lo que pudiera merecer un castigo.
«Hago lo que me han pedido», se justificaba mientras veía cómo los lazos que ataban a Afrodita con la realidad se iban haciendo más tenues cada día. En el laboratorio conseguía acallar los remordimientos pero de noche, en la oscuridad de su habitación, le subían por la garganta hasta que casi no la dejaban respirar. Y se decía que pararía. Que hablaría con Hades. Que en el fondo no deseaba hacerle daño.
«No la odio por lo que es, la odio por lo que yo no soy».
Y al día siguiente buscaba a Hades, pero las palabras se atascaban en su garganta antes de salir. Él preguntaba cómo iban las cosas intentando no parecer preocupado, aunque lo estaba, y ella no era capaz de empañar su esperanza con dudas. «Necesita tanto hacer algo por ella. Dejar de sentirse culpable. Y yo puedo equivocarme, tal vez lo que percibo es lo que desearía que sucediera pero no lo que ocurre en realidad. Tengo que seguir adelante. Por él»
Y lo intentaba. Era dura con ella, la reprendía por cualquier error, la animaba a continuar más allá de sus fuerzas y Afrodita obedecía sin rechistar. Los avances eran asombrosos en las últimas sesiones, tanto que todos contemplaban entusiasmados el exterior sin preocuparse del interior. Había momentos en los que Caronte fruncía el ceño, pero no llegaba a decir nada. Una vez, una sola vez, Hades preguntó por la extraña mirada de Afrodita.
—No sabemos cómo puede estar afectando todos estos cambios a su mente —respondió Perséfone—. Tal vez no sea capaz de asumirlos.
—No lo creo. Podrá hacerlo.
Hades hervía de optimismo y confianza. Todo se hacía conforme a su deseo, como el dios que aparentaba ser. Perséfone se tragó sus dudas, pero no era capaz de fingir un entusiasmo que no sentía. Ni siquiera tenía claro si deseaba que el experimento saliera bien o que fracasara. De todas formas no pensaba sabotearlo, haría todo lo que pudiera para cumplir los deseos de su señor. Y los remordimientos de él se calmarían gracias a los que a partir de ahora sufriría ella.
Merecía la pena. Por él. Merecía la pena.
Cuando aquella mañana llegó al laboratorio Afrodita ya estaba allí, sentada en una silla, con los ojos bajos, mirándose las manos. No levantó la cabeza cuando Perséfone la saludó, aunque hizo un movimiento que hacía ver que la había oído. La transformación era ya completa, los cabellos seguían siendo rubios pero tenían un brillo inusual, en su rostro no había rastro de quemaduras y, al mismo tiempo, los rasgos se habían afinado. Tracy había sido una mujer hermosa, pero Afrodita lo era mucho más. Caronte había aplaudido el resultado. Hades no pronunció ni una palabra cuando la miró, era imposible saber si había quedado contento pero Perséfone sabía que sí, que estaba sonriendo satisfecho. No podía ver su rostro pero lo sabía.
Aquella noche ni siquiera intentó dormir. Se quedó horas en el baño, contemplándose en el espejo y los gritos que oyó no la sorprendieron. Se incorporó despacio y salió al pasillo cuidando de llevarse el bolso. Estaba desierto, aunque a lo lejos se escuchaban los pasos de gente corriendo. Ella avanzó hacia la dirección en la que se oían los gritos, pero lo hizo muy despacio. El sonido provenía de la habitación de Afrodita, pero no era su voz la que chillaba y eso la desconcertaba un poco. Esperaba encontrarse con una mujer histérica, que temblaba de miedo por los monstruos que creaba su propia mente, que quizás revivía una y otra vez el incendio que la había destrozado. No podía saberlo y, en el fondo, tampoco quería descubrirlo pero sentía que era su obligación ir.
Giró en el pasillo y se encontró con que todo había cambiado. La moqueta que alfombraba el suelo había desaparecido y ahora era de mármol blanco, muy frío. Perséfone caminaba sobre él descalza. Muy propio de ella haberse acordado de coger el bolso pero no de calzarse. Las paredes también habían cambiado y, cuando llegó al dormitorio de Afrodita, le pareció que entraba en un templo. ¿Todo eso lo había hecho ella? ¿Hasta dónde alcanzaba su poder? En el suelo de la habitación había dos hombres que aparentemente se habían desmayado, Afrodita le pedía ayuda a un tercero, que se inclinaba sobre ella, dejando que la mujer se apoyara en él. Afrodita lo rodeó con los brazos, ajena a la gente que la observaba desde la puerta, sin decidirse a entrar. Entonces el hombre comenzó a gritar. Era dolor, se retorcía en un abrazo del que no podía librarse. ¿Qué le ocurría? Porque Perséfone no veía nada. Afrodita no hacía nada.
«Lo está haciendo, solo que no me deja verlo».
—¡Afrodita! —Perséfone dio un paso, entrando en la habitación, metiendo la mano en el bolso y sacándola desnuda. La extendió hacia ella, Afrodita podía cambiar la realidad a su antojo, pero ella podía sorprenderla con lo que no veía.
—¡Suéltalo, Afrodita!
Su aspecto era aún más impresionante que en el laboratorio, como si a cada hora que pasara su poder aumentara y pudiera recrearse más perfecta. Y no era Tracy, la mujer que tenía delante no era la que había visto en las fotografías, se parecía pero no era ella. Tracy ya no existía.
Era como si no la oyera, Perséfone oía más pasos a su espalda, murmullos, pero nadie más había entrado en la habitación. «Somos ella y yo». Afrodita soltó entonces al joven, que cayó al suelo inconsciente, como los demás. Se volvió hacia la puerta, pero no la miraba a ella. Sus ojos estaban clavados en algo que había detrás. Perséfone no se volvió porque sabía qué era lo que estaba observando. La presencia que había llegado y ante la cual todos se apartaban. Si se giraba ella tampoco lo vería, solo el casco, la ropa con la que daba forma a su cuerpo invisible, sus ojos rojos y siniestros como carbones encendidos.
No dijo nada, a su lado, Caronte intentaba justificar lo que había ocurrido.
—Ha enloquecido… Sin duda ha sido un efecto secundario, no había forma de preverlo —decía. Perséfone sabía que no era cierto, sí podía haberse previsto, ella lo había hecho. Habían sido los demás los que no se habían dado cuenta. Ella podía haber detenido el proceso en cualquier momento… O tal vez no la hubieran dejado, tal vez Afrodita habría querido arriesgarse.
«Se ha convertido en lo que deseaba ser. En realidad, ha sido todo un éxito». No podía decirle eso a Hades, habría sido demasiado cruel. Ella era capaz de ser cruel, pero no con él. Permaneció en silencio, con el pulso firme apuntando a Afrodita. Esperando la señal que le pidiera que disparara.
—¿Qué haremos ahora, mi señor? No sabemos de lo que es capaz —preguntó Caronte y Hades contestó sin que en su voz hubiera el menor atisbo de sentimiento.
—La cuidaremos. La protegeremos como hasta ahora. Es nuestra obligación —dijo él.
Nada había cambiado. Tantas noches sin dormir, tantos remordimientos para que nada cambiara; habían sustituido un monstruo por otro. Y habían destruido a Tracy en el proceso. ¿Qué era mejor? Un rostro que no puedes mirar, o uno que te devora. Tampoco tenían ya elección, no había vuelta atrás.
—Quizás sufriría menos… —Caronte no llegó a terminar la frase, pero miraba fijamente la mano de Perséfone. Ella no dudaría. Lo estaba deseando. Afrodita dio un paso hacia ella y esta vez sí la miraba.
—Me has ayudado tanto. Gracias.
—No des un paso más —dijo Perséfone, pero Afrodita no le hizo caso, se acercaba. Su voz había sonado tan parecida a la de Tracy, que le había dado tantas veces las gracias. Avanzó otro paso y Perséfone retrocedió uno, intentando mantener la distancia. Era ridículo que contra más se acerara, más dudara de su puntería.
—La cuidaremos —afirmó Hades, de nuevo.
«Toda la vida. Vas a seguir preocupándote por ella toda la vida. Maldita responsabilidad. Maldito incendio. No es justo. Se ha vuelto loca. Podría haber muerto. Ojalá hubiera muerto Habría sido lo mejor para todos».
—La cuidaremos —repitió Caronte, aceptando las palabras de su señor, aunque su tono indicaba que no estaba seguro de que fuera la decisión correcta. No iba a cuestionarlo. Nadie cuestionaba a Hades.
Perséfone disparó.
Afrodita abrió mucho los ojos cuando sintió la bala clavarse en su pecho. A la altura del corazón. Perséfone nunca fallaba un disparo. Se miró un segundo y cayó al suelo. Todo se desvaneció. El suelo volvió a estar enmoquetado, el dormitorio volvió a ser el lugar pequeño y acogedor que era antes y el hombre que estaba en el suelo tenía toda la espalda desgarrada, Afrodita le había arrancado la piel a tiras con su abrazo.
Hades no dijo nada, tampoco miró a Afrodita, contemplaba en silencio a Perséfone, como si la estuviera midiendo. Caronte se acercó a Afrodita y aguantó la repugnancia que le producía su rostro real para reconocerla. Respiraba.
—Es un sedante —aclaró Perséfone ante el desconcierto de su compañero. Hades lo sabía, ni por un momento se había preocupado. En el fondo a Perséfone le habría gustado que no tuviera esa confianza ciega en ella, que hubiera dudado, que la hubiera dejado disparar pensando que Afrodita iba a morir. Sentir que no le importaba que muriera.
«Sí le importa. Es su responsabilidad».
¿Solo responsabilidad? ¿O se estaba engañando a sí misma? «Solo responsabilidad».
Hades la hizo salir de la habitación, mientras sus hombres se ocupaban de todo. La pistola volvía a estar en el bolso, sus manos vacías. Sabía lo que Hades quería preguntarle y le respondió antes de que él dijera nada.
—Creo que es irreversible. El proceso de crear las ilusiones ha dañado el cerebro. Ahora no es capaz de distinguir la realidad de lo que ella misma crea. Podemos intentar…
No serviría de nada y él pareció entenderlo.
—¿Es feliz?
Fue lo único que preguntó y Perséfone sintió que el dolor de ese hombre era mucho más terrible que el que pudiera sentir ella misma. Y no tenía ninguna forma de confortarle, ninguna. Le mintió.
—Sí, es feliz.
A veces deseaba que él no confiara tan ciegamente en ella.


7 comentarios:

Roberto Cruz dijo...

Wow! Fantástico! Que intenso! Creo que Raelana ha captado perfectamente los matices de la extraña relación que une a estos tres trágicos personajes. No puedo más que quitarme el sombrero... Chapó!

Magnus Dagon dijo...

Mola, ¿eh? :D

Los misterios de Lhua dijo...

Me ha encantado!!! Lo he leído por casualidad (porque pedían mi opinión) pero no me ha defraudado!!! Así que cuenta con que seguiré con la historia... ahora tengo que empezar por el principio!!! :)

Magnus Dagon dijo...

Prueba también Los Caídos, en los que se cuenta el origen de esos tres personajes :)

Raelana dijo...

¡¡Gracias!!! :D :D :D

WilliamDarkgates dijo...

Este capítulo ha quedado genial, hace un receso para que la historia de Persy se asiente y reposemos de ella, pero a su vez cumple otro papel y es redondearnos a nuestra heroína. A mis ojos ha quedado humana, ahora entiendo cada vez más ¿El por qué dejo la organización y la razón de que Afrodita anhele hacerla sufrir?
En este capítulo quien gana es Persy. Noto también otra cosa, y es que Rae estaba más cómoda, este capítulo es más fluido, me atrevería a decir que disfruto mucho al escribirlo. Por su parte, el arte esta genial.

Raelana dijo...

Lo cierto es que fue uno de los que más me costó, es de los capítulos más trabajados, pero era necesario para entenderlas a las dos.

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