Perséfone 004: La visión de lo invisible, parte 4

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EN EL NÚMERO ANTERIOR:
Perséfone descubre que, en su ausencia, su hermano Kain no sólo se ha convertido en la misma clase de criminal que ella trató de impedir, sino que ha aprendido a utilizar sus dispositivos para manejar como ella objetos invisibles, pero en su caso, puñales y otras armas blancas. Al mismo tiempo, fuimos testigos del primer encuentro entre Pat Fisher y Hades, y cómo decidió dejar atrás su vida para unirse a su organización. Pero de vuelta al presente, Kain la reclama para una terrible reunión familiar…
***
No le fue muy difícil a Perséfone averiguar qué era aquel lugar que su hermano le había indicado y respondía al nombre de las Colinas de la Escoria. El emplazamiento era más que tristemente célebre en los días que le había tocado vivir a la colonia de Bludgor, debido a que se trataba del lugar en el que se almacenaba de manera temporal el exceso de basura que estaba infestando por completo la ciudad. El asunto, de hecho, era más complicado de lo que podía parecer a simple vista. Por un lado, un sector de la población no sólo estaba de acuerdo en utilizarlo para mitigar aunque fuera de manera leve el repugnante hedor que rezumaba de sus barrios, sino que en muchas ocasiones los bloques de casas y calles se asociaban y organizaban para usar vehículos, turnarse y realizar recogidas comunales y clandestinas.
Por otro lado estaban los piquetes de la huelga, seguidores a rajatabla de lo impuesto, no siempre trabajadores de ese propio sector sino colectivos afines a ellos, ya fuera por motivos prácticos o ideológicos. Los más radicales a menudo realizaban patrullas ciudadanas para impedir que los otros siguieran con su agenda, llegando en ocasiones a enfrentamientos en la periferia de la ciudad, donde esperaban los vehículos improvisados de basura para emboscarlos y desperdigar su contenido antes de que llegara a su destino final.
Las Colinas de la Escoria eran ese destino. Tiempo atrás habían sido un desierto de dunas en el que habitaban pocas especies, apenas un par de variantes de cactus de triple pincho o cactus de Bludgor, como se le solía conocer, escorpiones nacarados, y pocas criaturas más, en general innobles, peligrosas y de baja ralea. Con la acumulación de desperdicios empezaron a formarse, sin embargo, gran cantidad de montículos que, poco a poco, fueron adquiriendo presencia hasta que finalmente llegaron a conformar una verdadera orografía con su propia traza y justificación geológica a su forma.
Había dos colinas centrales muy elevadas, de unos treinta metros de altura, y que eran las causantes principales de la denominación del lugar. Se habían empezado a formar debido a la descarga concentrada de basura en puntos únicos y aislados, al principio incluso por aire, aproximándose con aerodeslizadores de alta autonomía y dejando caer la insalubre carga.
Debido al miedo a avalanchas y posibles aplastamientos a personas que pudieran estar en tierra en las inmediaciones en ese momento, se dejó de transportar basura por aire y se limitó solamente a medios al nivel de la arena. Sin embargo nadie de los que realizaba aquella ingrata labor lo hacía porque fuese su profesión ni estaba tampoco preparado ni cualificado para ello, por lo que cada vez empezaron a acercarse menos y menos del núcleo de las dos colinas elevadas y la carga infecta empezó a cubrir kilómetros de desierto, siendo de ese modo algo más sencillo de soportar en términos de olor, ya que el suelo natural no se tapaba por la porquería, pero sin duda, a cambio, el alcance de la contaminación producida era infinitamente mayor y traería también consecuencias mucho más graves de cara al futuro cuando hubiera que limpiar aquella zona y evaluar los daños ambientales producidos.
Aquel inmundo lugar era el que Kain Fisher había elegido para encontrarse con su hermana de nuevo. Si había alguna clase de secreto motivo que le llevara a algo así, ella lo desconocía por completo. De una cosa estaba segura: algo tenía que pasar que cambiara las cosas, de una u otra manera.
Había múltiples posibilidades para dirigirse a aquel lugar, y las sopesó con cuidado. La primera y más directa era ofrecerse voluntaria para algún convoy que fuera para allá a esparcir su desagradable carga, pero tenía el inconveniente de que la gente corriente podría empezar a hacerse preguntas, y además tendría que librarse de ellos una vez estuvieran allí, lo que podía no ser necesariamente sencillo según cuán amplio fuera el horizonte del lugar al que pretendían llegar.
Por otro lado estaba la opción de ofrecer protección a los transportistas o pasarse al bando de los piquetes. Es decir, llegar al lugar por medio de la violencia, en uno u otro sentido. Esa opción no le pareció adecuada, pues no quería tener que mostrar sus habilidades allí más de lo estrictamente necesario.
Podía alquilar o robar un deslizador y avanzar por libre, pero nuevamente, estaba el problema añadido de tener que encontrarse con compañía no deseada en el camino.
Por supuesto, estaba descartado moverse a pie para llegar allí. El lugar estaba en la otra punta de la colonia y, si bien no era un camino imposible de realizar, la idea era que llegara en óptimas condiciones para la batalla.
Había una última opción, descabellada sin género de dudas. Implicaba tener que gastarse la mayor parte del dinero que llevaba encima y llamar un poco la atención, pero tenía dos ventajas innegables. La primera, que sería la manera más veloz de viajar al corazón de su destino, y la segunda, que se ensuciaría lo menos posible y, con suerte, llegaría antes que su hermano.
De modo que no lo pensó dos veces y se dirigió al espaciopuerto a alquilar un aerodeslizador monoplaza.
Fue al realizar esa sencilla operación cuando Perséfone empezó a darse cuenta de cuán eficiente era la organización de Hades en el cumplimiento de sus cometidos. A efectos legales ella seguía existiendo, seguía teniendo una vida, un nombre de verdad, una identidad. Sus crímenes, su prolongada ausencia, eran sólo un borrón vacío a los ojos de los demás. No tenía a nadie a quien rendir cuentas del pasado —bueno, apenas a nadie, pensó con amargura—, y eran pocos los que sabían nada de su verdadera identidad ni dónde ir a buscarla. Las persecuciones, los problemas recientes, aquella experiencia casi cercana a la muerte en la podrida y corrupta Ernépolis, eran de repente como ecos de un pasado lejano. Allí había sufrido, era cierto que también había descubierto facetas de sí misma que nunca hubiera imaginado que pudiesen estar ahí, sobre todo debido a ese líder de espectros, John Scream, y su legión de soldados en decadencia.
Pero todo eso estaba en un estable aunque precario equilibrio. Ella conocía secretos, tenía acceso a información privilegiada que podía utilizar para intercambiarla por su libertad. No iría a la cárcel, jamás. Retirarse no era algo imposible en su mente, ella veía su estado actual como un deporte, una profesión en la que llega un momento en que comprendes que ya no estás hecho para seguir aguantando el ritmo. Pero entregarse, pasar el resto de sus días entre cuatro paredes, eso era algo que no podría soportar.
Esas esperanzas de paz se desvanecían, sin embargo, cuando recordaba que tenía más enemigos, y no les detenían fronteras ni estúpidos preceptos morales ni legales. Hades había puesto precio a su cabeza, lo que hacía que hubiera tenido detrás de sus talones a más de un cazarrecompensas, algunos muy perseverantes. Caronte estaba en la colonia, lo que no podía ser ninguna buena noticia.
Y luego por último estaba su peor enemigo. Su archinémesis más declarada, aquel que iba detrás de ella por pura venganza.
Kain Fisher. La única persona por la que aún sentía afecto sincero en todo el universo.
¿Cómo pudimos llegar a algo así?, pensaba mientras sobrevolaba el desierto y veía ya en el horizonte los primeros cúmulos de basura, alternándose con las calvas de un suelo que empezaba a estar cada vez más contaminado. Kain siempre había sido inestable, difícil de manejar. ¿Su ausencia, su abandono, acabaron por perderle del todo? ¿O había algo más que aún desconocía? Puede que no tardara mucho en averiguarlo, pensó activando el sensor de calor para tratar de buscar huellas de su hermano, pero era inútil. Los gases químicos que emanaban de uno y otro lado, unido a los procesos de descomposición que producían grandes cantidades de energía calorífica, enmascaraban toda señal al respecto. Tal vez, en parte, por eso eligió ese lugar para que se encontraran.
Se limitó a mirar a uno y otro lado desde la carlinga, buscándole con paciencia. Su vista no había mejorado con respecto a los tiempos pasados, en que tenía que llevar gafas consigo. De hecho, aún seguía teniendo que usarlas, pero sólo para las distancias cortas. En las distancias largas, gracias de hecho a su carencia de enfoque cercano, poseía más agudeza visual que la media, muy bien entrenada también con el paso de los años y muchas horas de trabajo.
Aun así, encontrarle era más una cuestión de suerte que de observación. Se estaba ya acercando a las dos colinas principales, a las que nadie quería poner nombre porque eso sería como admitir que ya no podrían desaparecer del paisaje, y por tanto no era capaz de sobrevolar más bajo de lo que lo estaba haciendo. Aquella nave no era como los aerodeslizadores de su antiguo señor, más versátiles y manejables, y gracias a los que había incluso logrado eludir la brutal explosión de un edificio detonado por un cañón laser en órbita. Ese modelo era doméstico, de andar por casa, y como tal estaba sujeto a toda clase de limitaciones de prestaciones.
Empezó a plantearse que volver a la aburrida existencia rutinaria era algo que, posiblemente, la mataría tanto como dar con sus huesos en una celda, cuando creyó distinguir un punto brillante a lo lejos. Viró y por fin lo vio. Era una silueta de una persona, sin duda. Pero demasiado lejos para poder distinguir si era quien estaba buscando.
De repente notó que el brillo desapareció. De manera instantánea. Pero la silueta no se movió del sitio. Y fue entonces cuando tuvo la terrible sospecha de lo que provocaba aquel brillo.
Metal. El reflejo del Sol sobre una superficie pulida y brillante, como por ejemplo un cuchillo o cualquier otra clase de arma blanca.
Miró en todas direcciones tratando de buscar con la mirada, pero era inútil. El proyectil ya no era visible, no podría saber siquiera de dónde venía el golpe. La única duda era si su hermano sería lo suficientemente experto como para poder suponer una amenaza desde tantísima distancia.
No tardó en saber la respuesta cuando escuchó un golpe y descubrió que se había producido una fuga en uno de los tubos de combustible.
La nave seguía siendo manejable, pero no era un vehículo de combate ni mucho menos, y por ese motivo seguir volando con ella era poco menos que jugar a la ruleta rusa con unos mandos en las manos. Empezó a tomar tierra todo lo rápido que pudo, alejándose al mismo tiempo de aquella zona para no ser de nuevo blanco fácil y, por tanto, descendiendo en una peligrosa y demasiado empinada diagonal hacia el suelo firme y bien cubierto por una espesa capa de basura. Al menos el aterrizaje será más blando de lo esperado, pensó Perséfone con cierta ironía.
Giró todo lo que pudo para aterrizar al otro lado de las dos grandes colinas, para situar un obstáculo importante en la visual de su atacante, y forzó tanto la maquinaria que perdió el control y el descenso fue aún más en picado. Trató de recuperar la horizontal antes del choque, pero el primer golpe fue bastante aparatoso, aunque mitigado por el hundimiento parcial del morro en medio metro de basura. La inercia sin embargo logró empujar el vehículo fuera y se golpeó lateralmente un par de veces más antes de detenerse de manera definitiva.
La carlinga se había atascado y no lograba abrirse bien, debido a que tenía sobre ella un par de pesadas bolsas de basura. Perséfone la dio una patada y salió corriendo, bolso en mano. Diez segundos más tarde estaba a cuatro metros de distancia, debido a lo difícil que era caminar por aquel lugar.
Doce segundos más tarde estaba a ocho metros de distancia, debido a la explosión que la lanzó hacia delante con extrema violencia.
Estuvo a punto de desmayarse, pero el olor se lo impidió por completo. Aun así, tardó un buen rato en levantarse y ponerse en pie. Estaba rodeada de basura por todos lados. En el horizonte, sólo las dos colinas rompían la monotonía del paisaje azul y carente de nubes.
Jamás hubiera pensado tiempo atrás, cuando pasó a formar parte de la organización de Hades, que su futuro pudiera llegar a tales extremos de degradación.
***
Fue mucho, muchísimo lo que Pat aprendió acerca de la manipulación de la luz a través de los descubrimientos que había hecho Caronte. Por otro lado sus propios conocimientos, en nada desdeñables ni secundarios, sirvieron para perfeccionar la técnica del anciano hasta extremos insospechados. Caronte sabía mucho acerca de manipular la luz en tejidos vivos, pero el efecto, lejos de resultar prolongado, se desvanecía al poco tiempo e incluso en circunstancias inadecuadas, como un exceso de cinética o temperaturas extremas. Pat, sin embargo, manejaba esos problemas con admirable precisión, y el acceso a tecnología y materiales más sofisticados consiguió que lograra avances que nunca antes hubiera soñado.
El haberse separado de sus hermanos, como luego concluyó, fue también un factor muy importante en dichos logros también.
Separarse, pensó. Abandonarles, más bien. Tal como Caronte recomendó, dijo que se iba a una estancia prolongada en el extranjero, a trabajar en un proyecto secreto del que no podía dar más detalles. Todo era, de hecho, estrictamente cierto, hasta unos extremos más que literales.
Al mismo tiempo que sus investigaciones eran más y más fructíferas, comenzó a tomar clases de tiro, de manera voluntaria, sin que Hades ni nadie se lo sugiriera. Caronte sonrió al enterarse de ello. Su corazonada se había vuelto fascinante realidad. Tenían mucho más que una rata de su laboratorio de su lado. Había descubierto un diamante en bruto, toda una guerrera indómita y perseverante.
Hades no consideró aquello tan bueno ni interesante. Ella era leal, sin duda. Era fiel, también. Pero había algo que no le gustaba en tal actitud, y era la profunda emocionalidad de su nueva mano derecha. Ella proclamaba que era una mujer nueva, que haría lo que Hades le mandara. Él no estaba tan seguro de ello. Veía una obediencia marcada por el alma más que por la mente. La había convencido con sus palabras, algunos dirían que hechizado por completo. Pero Hades sabía muy bien lo que había pasado en realidad.
No tuvo más que conocer el nombre en clave que había elegido para confirmar todas sus sospechas: Perséfone. Secuestrada por el dios griego del inframundo para ser su esposa.
Tenía entre sus manos material delicado, de difícil manejo. Aquella mujer que empezaba a convertirse en una tiradora excepcional, que estaba experimentando por cuenta propia para invisibilizar objetos cada vez más pequeños, Hades sabía muy bien con qué motivo, tenía que ser puesta a prueba. Cuanto antes.
Otro más tiránico que él la hubiera ordenado matar a uno de sus hermanos. Sería lo adecuado, lo necesario para comprobar si era una eficaz asesina. Pero Hades no quería hacer de Perséfone una pistolera a sueldo, ni mucho menos. Quería que fuera el instrumento de sus planes, la mano que ejecutaba sus jugadas en el delicado tablero ajedrecístico de los juegos de poder y manipulación. Su primera misión fue ejecutar al hombre que provocó el incendio en el que él mismo casi muere, exiliado por sus jefes a una colonia lejana de la ciudad donde sucedió el hecho principal.
Perséfone realizó la tarea con envidiable eficacia.
No sólo se trataba de que fuera lista, ni tremendamente hábil con el manejo de las armas de fuego, tanto visibles como invisibles. Eso que a largo plazo sería un inconveniente suponía en ese momento su mayor ventaja: su aspecto engañosamente normal, sencillo, incluso inofensivo. Mujer joven, no especialmente fea, no especialmente guapa. Media sonrisa, bolso al hombro, buen vestir. Nada destacable, nada por lo que atraer la mirada de enemigos inquisitivos y desconfiados.
De vez en cuando, por mera diversión, Perséfone jugaba al póker con algunos de los miembros de la organización de Hades. Cuando terminaba la partida, había ganado la mayor parte de las manos. Nunca apostaba dinero, sólo jugaba por el placer de ganar. En una ocasión, Caronte la vio jugar. Una de las cualidades que había perfeccionado con el paso del tiempo para sí mismo era poder ver lo invisible. Se sentó a la mesa con Perséfone, solos los dos. Caronte perdió todas las manos, y al fin comprendió.
Al igual que al matar, Perséfone ganaba la partida por su aspecto ingenuo, no por sus especiales habilidades. Pues Caronte se dio cuenta de que nunca, en una sola ocasión, intentó usar carta invisible alguna en sus jugadas.
Perséfone cumplió con su cometido y volvió invisible para siempre a Hades, gracias a sus conocimientos y los de Caronte combinados. Nunca, en todo el proceso, Perséfone vio el rostro del que era su amo y señor, y ya nunca lo haría, concluyó. La cámara en la que se sometió al proceso era como una tumba negra de alabastro, y cuando salió de ella, Hades sin duda había muerto para resucitar otra vez. Nada evidenciaba su presencia. Nada. Se limitó a vestirse lentamente con un uniforme que combinaba lo moderno de los militares futuristas con lo antiguo de los centuriones romanos, se encajó el casco de corte clásico que sería a partir de ese momento sus ojos y oídos, y lo activó. Dos siniestros ojos rojos refulgieron en su nuevo rostro sin cara, negro y en sombras como su pasado plagado de dolor, y por fin se sintió libre. Por fin se sintió completo.
Pero aunque Hades estaba más cerca de dejar atrás todo lo que fue, aún había mucho que hacer. Erradicar el pasado era sólo una de muchas tareas pendientes. Antes de eso, debía reparar el daño causado, así como enmendar errores que nunca debió cometer. Para ello, necesitaba de nuevo a sus dos leales generales, como empezaba a considerarlos, ambos científicos, uno espía y embajador, la otra soldado y ejecutora.
Igual que le habían reconvertido a él en algo nuevo, algo que no era antes, su misión sería hacer lo mismo con la mujer que sobrevivió en ese mismo incendio. Siempre había estado alejada de la mirada de ambos, celosamente custodiada, escondida.
Cuando la vieron comprendieron que no se debía a desconfianza por lo que Hades no la mostraba públicamente. Su rostro, así como la mayor parte de su cuerpo, estaba forjado a fuego con terribles mutilaciones y cicatrices. Perséfone no pudo evitar desviar la mirada hacia un lado, de manera instintiva.
—Su nombre es Tracy Swoop —explicó con tono imperativo—. Haced todo lo que sea necesario para que ella pueda sentirse como era antes del incendio.
—De verdad, no es necesario que hagas nada —dijo ella con una voz melodiosa y hermosa que sorprendió a Perséfone—. De verdad, M…
—Basta —dijo Hades levantando la mano. Era perturbador fijarse en el hueco vacío y sin carne que unía un guante fantasma con un brazo sin contenido en su interior—. Soy el culpable de tu estado, Tracy. Si yo no te hubiera citado en aquel almacén esto no te habría pasado. Haré todo lo que esté en mi poder para devolverte a tu estado original. Todo.
—¿Qué es lo que desea que hagamos, señor? —preguntó Caronte—. ¿Volverla invisible a ella también?
—No es lo que ella desea para sí misma. Ella desea que todo se hubiera desvanecido, como si sólo hubiese sido una falsedad. He leído tus últimos experimentos, Caronte. Dices no sólo poder crear moderadas ilusiones ópticas, también manejarlas y extremarlas o atenuarlas.
—Así es, señor. Junto con los avances de miniaturización de Perséfone, podría intentar hacer nanomáquinas. Mis prototipos necesitan de una gran cantidad de energía. La que un cuerpo ofrece es más que suficiente, y no interferiría en sus facultades biológicas.
—¿Qué opinas, Perséfone? —preguntó Hades. Perséfone no contestó de inmediato—. ¿Alguna objeción?
—No, señor —dijo con sequedad.
—¿Estás segura?
—En realidad, no. Creo que no funcionará. Es poco lo que sabemos de esta tecnología a escala tan pequeña.
—¿Qué hay de los riesgos?
—Si las nanomáquinas fracasan, el organismo se encargará de eliminarlas.
—De acuerdo —acabó Caronte—. Intentémoslo, entonces.
Perséfone miró a Tracy Swoop fijamente. Sin miedo ni indecisión.
—A partir de ahora, este proyecto será llamado Afrodita, al igual que el nombre en clave de Tracy.
—¿Afrodita? —preguntó la aludida con timidez, tapándose el rostro y retirándose a las sombras—. Ese nombre no me encaja.
—Claro que sí. Porque pase lo que pase, tú nunca dejarás de ser una diosa para mí. Alguien por quien declarar la guerra a planetas enteros —declaró Hades, alzando el puño en alto en presencia de sus dos generales.
***
Perséfone miró a su alrededor, al horizonte de basura y podredumbre que la rodeaba. Nada. Ni rastro de su hermano. Empezaba el juego del ratón y el gato, y en ese momento ella estaba ejerciendo de ambos.
Lo que estaba claro era que tenía que moverse. Era un blanco fácil al lado de los restos del aerodeslizador, y Kain seguramente estaría en camino hacia su posición. El primer paso lo había dado él, y como Perséfone bien sabía, el que golpea primero suele hacerlo dos veces.
No era fácil moverse por aquel terreno, por lo que tendría que estar bien preparada. Comenzó a correr en lo que preparaba… ¿el qué? ¿Una pistola? ¿Dispararía a su hermano? Tenía que admitirse a sí misma que no había pensado realmente en ello.
Son momentos de indecisión como ese, de hecho, los que pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte en su mundo, como comprobó cuando escuchó silbar el aire y supo que la muerte viajaba recta y afilada en su dirección.
Se giró todo lo deprisa que pudo en aquel terreno resbaloso y movedizo, y el puñal invisible cortó una correa de su bolso, tirándolo al suelo. ¿Era eso lo que pretendía Kain, o había logrado evitar un desenlace más fatal? Imposible averiguarlo, y teniendo en cuenta que seguía aturdida por el aterrizaje forzoso, tampoco hubiera podido hacerlo mucho mejor aunque le dieran una segunda oportunidad de esquivar el lanzamiento de aquel cuchillo.
Como era evidente, recoger el bolso suponía poco menos que un suicidio, por lo que se lanzó en plancha al suelo, tratando de ofrecer el menor blanco posible.
—¡Sal, Pat! —escuchó a lo lejos—. ¡Te he dejado sin juguetes, esto ha terminado!
Maldita sea, pensó Perséfone. Si tan solo hubiera podido preparar un bolso invisible de repuesto, como siempre solía hacer, las cosas funcionarían de otra manera. Pero había algo en lo que su hermano estaba al menos muy equivocado.
Kain miró en derredor, puñales en mano. Estaba listo para atacar cuando hiciera falta, a la menor señal. Vio un objeto levantarse, y sin la menor dilación lo atravesó de lado a lado con el puñal. Sólo una bolsa de basura, nada más que eso.
—¿Es eso lo mejor que sabes hacer, Pat?
—¿Te refieres a distraerte? —contestó Perséfone sin moverse.
Justo en ese momento, Kain escuchó un ruido vago, como si alguien pisara justo a su lado.
Algo había caído.
Algo que no lograba ver. Y hacía un ruido como de reloj.
Salió corriendo todo lo deprisa que pudo, y pegó un salto justo a tiempo de que la onda expansiva no le pillara de lleno. Se maldijo por varios motivos. Primero, no recordar que su hermana solía también vestir cinturones holgados. Segundo, no darse cuenta de que al hablar había delatado su posición.
Sonrió. Aquello iba a ser más interesante de lo que pensaba.
Perséfone avanzó hacia su ubicación, pistola invisible en mano. O tal vez no. Con sujetos como ellos, era imposible estar convencido de lo que estaba pasando.
—Ese artefacto pudo haberte matado, Kain. Sólo tenía que haberme callado, no advertirte.
—No quiero tu maldita caridad —dijo volviéndose y mirando a su hermana, aún tirado y medio incorporado en el suelo. Las manos estaban apoyadas en el mismo.
—Palmas abiertas —exigió Perséfone, y por una vez comprendió en qué consistía la paranoia con que la trataban sus enemigos.
—Te detesto, Pat. Te odio más que a nada en este mundo.
—¿Qué fue lo que le pasó a Jacob, Kain?
—Cuando desapareciste, Jacob movió cielo y tierra para buscarte. Se obsesionó contigo como no lo había hecho con nada antes. Pero yo sabía. Yo sabía que no eras la misma desde aquel día en el parque.
»Cuando empezó la Guerra de las Ocho Colonias se alistó para buscarte. No tenía ningún interés en combatir, sólo deseaba encontrarte. Me dejó atrás, te eligió a ti y también decidió abandonarme a mí.
»Pero yo ya no os necesitaba. De Jacob aprendí a usar los cuchillos, pues era parte de su entrenamiento de soldado, y cuando se marchó yo también fui a alistarme en mi propio ejército, los Puñales del Desierto, mucho más cerca que los vuestros. Mis únicos hermanos a partir de ese momento.
—Dices que me odias por considerarme responsable de la muerte de Jacob, pero ahora confiesas odiarle a él también. ¿Crees que matándome te sentirás mejor?
—Me has malinterpretado, hermana mayor. Mi odio principal hacia ti no se debe a tu abandono. Se debe a mi decepción.
—¿Decepción?
—Tú eras mi modelo, ¿lo entiendes? Te admiraba como a nada en este mundo. Para mí tenía sentido no ser un pandillero porque podía ser como tú. Te ayudaría en tus investigaciones. Trabajaríamos juntos. Pero te marchaste, y me dejaste como amargo legado tus proyectos, tus dispositivos.
»Aquello que más odio es que en todo este tiempo he logrado perfeccionar y mejorar tus trabajos yo solo, sin ayuda de nadie. He logrado convertirme en un maestro de los puñales invisibles. Y ni siquiera te has dignado a preguntarme cómo he podido lograrlo, o a sorprenderte por ello.
Perséfone se quedó paralizada por un momento. Nunca había pensado en algo así. Que mientras ella hiciera progresos por cuenta propia, su hermano lograra continuar su trabajo donde ella lo había dejado. De forma tosca, incluso rudimentaria. Poner un granito de arena en una montaña. Pero no por eso la montaña dejaba de crecer.
—Los dos hemos cometido errores —se limitó a decir—. No es tarde para cambiar.
Alargó la mano hacia Kain para ayudarle a levantarse, siempre sin dejar de apuntar. Kain vaciló, pero cogió su mano. Y entonces Perséfone aprendió una valiosa lección que no olvidaría jamás.
Nunca, jamás, dejes que Kain Fisher te toque.
Las agujas invisibles de los dedos de Kain se clavaron en el brazo de Perséfone, y ésta gritó, dejando caer el arma al suelo. No podía saber cómo de largas eran, pero se sintió como si atravesaran la carne de lado a lado. Al mismo tiempo, Kain se levantó.
—Lo lamento, hermana. Ya nada será igual después de esto. Para ti, de hecho, no habrá un después.
Se preparó para sacar un cuchillo especialmente largo y afilado con el que aplicar el tratamiento final cuando su hermana dijo una frase que no esperaba escuchar en ese momento.
—¡Detrás de ti!
Kain se giró por mero instinto, y su intuición no le jugó una mala pasada, porque en efecto a cinco palmos de distancia le observaba un anciano apoyado en un bastón. Alguien que parecía totalmente fuera de lugar en un momento como aquel.
—¿Quién eres?
—Mi nombre no te importa —se limitó a responder Caronte.
—Ya lo veremos, viejo —dijo empleando el puñal que estaba destinado a ser un instrumento de ejecución para atacar a su nuevo contrincante.
Su sorpresa fue mayúscula cuando Caronte lo desvió con su bastón y empezó a caminar en su dirección.
—¿Cómo has hecho eso?
—Márchate ahora que estás a tiempo —se limitó a decir Caronte, sin dejar de avanzar.
Kain se preparó a sacar otro puñal, deslizando los dedos como sólo él sabía hacer, para que nadie reparara en que manejaba armas ocultas a la mirada.
Un golpe de bastón le destrozó los nudillos y el arma cayó al suelo.
—Veo que no eres muy listo, ni escuchas consejos. Responderé a tus preguntas y te daré un consejo que no olvidarás.
Le agarró de la mano magullada y sacó un cuchillo invisible del cinto de su interlocutor, percibiendo perfectamente que estaba ahí.
—Mi nombre es Caronte, veo lo invisible, y nunca seas tan estúpido de facilitar tus armas a un adversario que puede hacer lo que hago yo —terminó, apuñalando a Kain en el costado.
—¡No! —gritó Perséfone, levantándose con mucho esfuerzo. Su hermano se tambaleaba, y trataba de huir arrastrándose.
—No te gastes, Perséfone —dijo Caronte—. No estoy aquí para luchar.
—¡Estúpido! —dijo Perséfone tratando de golpearle en vano—. ¡Es mi hermano!
—Tus sentimientos siempre fueron tu fuerza y tu debilidad. Pero no discutas conmigo. Hay alguien que te espera, con quien tienes que hablar.
Perséfone se quedó muda, como si la hubieran herido una segunda vez. Se giró en todas direcciones. Allí estaba él, erguido sobre la nave estrellada. Como el dios que siempre creyó ser. Un dios inmundo en un universo de desechos y sueños rotos.
Cuando se giró, comprobó que Caronte había desaparecido, así como su hermano. No trató de seguir a ninguno de los dos. El primero no tardó en reaparecer, mudo e imperturbable, a la diestra de su año, y en cuanto a Kain, la herida no era letal, seguro. Perséfone lo sabía por el simple motivo de que Caronte no deja nunca a un oponente agonizando.
Avanzó hacia los restos del deslizador, y poco a poco vio otro vehículo situado algo más lejos, en la distancia. De modo que el gran Hades, para llegar hasta allí, había tenido al menos que caminar un rato entre basura. De algún modo, ese pensamiento la provocó una ligera satisfacción interna. No eran tan distintos, al fin y al cabo.
—Ya era hora de que tú y yo habláramos —comenzó Hades. Caronte se limitó a ser mudo testigo de la conversación.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Muy al contrario. Como tú, he tenido una vida personal turbulenta últimamente. Ya puedes imaginar a qué se debe.
—Afrodita —replicó Perséfone.
—Aún maldigo el día en que llevamos a cabo ese experimento, porque fue un éxito, sí. Ella puede controlar y manejar ilusiones a su antojo. Pero a cambio, perdió su cordura en el proceso.
—¿Por qué me cuentas esto ahora?
—¿Acaso no lo sospechas? —añadió Hades furioso, cerrando el puño derecho. Había algo de fantasmal en aquella silueta neoclásica sin carne, rodeada en un mundo de restos de vidas descartados—. Ya hace tiempo que dejaste mi protección, y sin embargo es ahora cuando pongo una recompensa por tu cabeza. Ahora que ya no soy ciego, y veo al fin la verdad.
Perséfone no dijo nada. Sólo se limitó a cogerse el brazo sangrante, pues sabía lo que estaba a punto de escuchar.
—Tú sabías que el experimento era peligroso para la cordura. Qué estúpido fui, y qué gran actriz eras. No pensé en tus celos, en que te estaba poniendo la ocasión en bandeja de plata. Tú dejaste que condenara a la mujer que más amaba.
—Si tanto la amabas —dijo Perséfone llena de rabia—, entonces deberías haberla aceptado por lo que se había convertido. Pero no. La obligaste a formar parte de tus proyectos, en vez de escucharla, de confortarla. Ella no quería nada de eso. Hasta un ciego lo hubiera visto, y una mujer sin duda.
—¿Qué es lo que quería, entonces?
—¿Aún no lo entiendes, gran señor? —contestó Perséfone con tono de burla—. Ella sólo te quería a ti.
Hades no contestó. No tenía por costumbre replicar ante palabras que le hacían reflexionar. Como todos los tiranos se consideraba, antes que ninguna otra cosa, un ilustrado.
—En todo caso el pasado ya no tiene solución, y viviré con esa carga igual que tú vives con tus errores. He presenciado tu vida y tus problemas, y no está exenta de dolor, tampoco. Ni siquiera tengo el honor de ser tu mayor preocupación en este momento. Por eso retiro mi recompensa. Nuestra relación y lazos por siempre han acabado.
Se dio la vuelta de camino a su vehículo, seguido por su general aún fiel, y Perséfone no pudo evitar preguntar.
—¿Eso es todo? ¿No habrá venganza?
Caronte se giró. Hades se limitó a detenerse.
—Yo perdí a la única persona que me importaba. Tú perdiste a las dos que te importaban y, además, ganaste un enemigo. Creo que ya estamos en paz.
Después de eso se marchó, dejando a su antigua aliada sola, entre la basura. Los pensamientos de ambos convergieron en ese momento, pues ambos reflexionaron que nunca hubieran pensado que su alianza tocara a su fin de esa manera ni en semejante lugar.
Perséfone no trató de buscar a su hermano. Sabía que no lo lograría aunque lo intentara. Kain… se preguntaba cuánto de su antiguo hermano residía aún en aquel nuevo y encarnizado enemigo.
—Se marchó de Bludgor en cuanto tuvo la menor ocasión. Con qué destino, lo ignoraba por completo. El que ponía en su billete era sólo una excusa, un pasaporte de partida. ¿Y qué es lo que haría a partir de ese momento? ¿Se convertiría en otro de esos santurrones que empezaban a proliferar por todos lados? ¿Trataría de afiliarse a otra organización, ser el puño de hierro de otro caudillo rebelde?
¿Quién sería ella a partir de ese momento? ¿Perséfone, Pat Fisher?
Metió los dedos en el bolso y sacó una bala a la vista de todos los tripulantes de la nave turística. Los dedos sostenían un vacío visual de calibre veinte.
Qué más daba, pensó. Puede que sí necesitara suerte al fin y al cabo, pero eso no quitaba una cosa.
Ella era Perséfone. Y también, Pat Fisher.
Y de una u otra manera, construiría su propio destino.
EN EL PRÓXIMO NÚMERO:
Aquí concluye ‘La visión de lo invisible’, aunque no la historia de Perséfone. Pero eso será más adelante, en otra ocasión. En breve, nuevas miniseries. ¡Hasta entonces!

4 comentarios:

Alfa Eridiani dijo...

Debiera haberlo comentado en el número pasado pero se me ha olvidado: al tendero que se encarga de imprimirme los números, le encantan las portadas de Perséfone.
José Joaquín.

Magnus Dagon dijo...

Nos alegramos de ello :)

Roberto Cruz dijo...

Excelente relato. Una gran mezcla de géneros, desde la novela negra a la ciencia-ficción. Realmente la historia de Pat Fisher engancha (me he leido los cuatro del tirón); "balanceando" perfectamente la historia entre su momento actual y su historia en el pasado. Son interesantes los nombres que has utilizado para los personajes: Perséfone la reina de los Muertos como asesina letal, Hades señor del inframundo como un señor de una organización ¿criminal? con su propia agenda, Caronte como el mensajero y Kain como el hermano que traiciona al final... Siguiendo con ese paralelismo ¿quien sería Zeus, el padre de Perséfone?? jajajaja! Déjalo, solamente estoy divagando...

Venga, a llegado el momento de los "peros" (lo siento, siempre llega): aunque la obra ha sido concebida como un "ente independiente" en varias ocasiones se mencionan hechos ocurridos o personas situándolos en el pasado ("aquella experiencia casi cercana a la muerte en la podrida y corrupta Ernépolis" o "sobre todo debido a ese líder de espectros, John Scream, y su legión de soldados en decadencia."). Desconozco (aqui invoco un mea culpa: tengo LOS CAIDOS aún la lista de "pendientes a leer") si esos hecho han sido narrados o se trata de "historias perdidas" que sólo el autor tiene en su mente y que se mencionan para alimentar el misterio alrededor del personaje (teniendo en cuenta que en esta historia se rebela su "origen". De haberse contado en alguna otra historia del Tecnoverso sería conveniente "colocar una nota a pie de página" (lo pongo entre comillas porque "aqui" no hay página) indicando dónde podemos acceder a ella por si queremos profundizar más. En caso de ser una "historia perdida" no nos quedará más remedio que comernos las uñas intentando imaginar qué diablos paso...

El segundo (y último) mas que crítica es una mera "apreciación personal". No te lo tomes a mal porque confieso que la historia me ha gustado. Y ese "pero" es el paso de la personalidad de "Pat Fisher" a "Perséfone": realmente me parecen dos personas completamente distintas y me gustaría que hubieses explicado algo mejor el proceso psicológico que va de "anodina profesora de universidad y sobreprotectora con su familia" a "asesina letal y solitaria" (que sí, que les mandaba dinero, pero eso no quita que no cortase todos los lazos con ellos). En ningún momento del primer episodio se ve que Pat tenga esa rabia contenida en espera de ser liberada y que justifique las decisiones que toma después a lo largo de su vida. Pero vamos, como te digo es una apreciación personal. A veces me pongo en plan "Christopher Nolan" y necesito buscarle un "porqué" a todas las cosas...

Lo dicho, gran trabajo.

Magnus Dagon dijo...

Pues se agradecen mucho los comentarios, algunas respuestas a preguntas que te haces:

En efecto 'Perséfone' es menos un ente independiente de lo que parece, pero dado que nació como un spin-off que reclamaron los fans de Los Caídos (no tenía en mente hacer una historia con Perséfone de no ser porque ellos lo sugirieron) me parecía justo añadir guiños que ellos pudieran apreciar. Me alegra saber que la historia cobra sentido para alguien que desconozca a Los Caídos. Sobre esas 'historias perdidas', en efecto todas ellas existen y han sido narradas en Los Caídos, donde de hecho Perséfone juega un papel importante en una saga concreta y es la protagonista absoluta del que es para mí el mejor capítulo de todo el libro.

Sobre la nota para leerlas, esa nota existe, está al comienzo del capítulo 01 de Perséfone, pero para más detalles, la saga de Hades donde Perséfone aparece es en los capítulos 13-18 de Los Caídos, y su reaparición es en el 'Anual 03'. Pero recomiendo la lectura de Los Caídos como un todo, no como capítulos sueltos (y en papel mejor que online, guiño guiño XD)

Sobre el aspecto psicológico, tienes toda la razón. Sé que no quise meter toda la carne en el asador porque al ser esto una colección, otros podrían venir detrás de mí que completarán esos 'agujeros del pasado' de la vida de Perséfone que explicarán mejor el por qué de ciertos comportamientos. En ese sentido Raelana está haciendo un gran trabajo, entendiendo a Perséfone mejor de lo que la entiendo yo mismo. Si quieres conocer más de la psicología de otros personajes del Tecnoverso como por ejemplo aquellos que mejor conozco, los Jammers, yo soy tu hombre; pero la mente de Perséfone pertenece ya a Raelana. Yo fui su creador, pero ella es su total y absoluta desarrolladora.

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