Perséfone 008: Escoria

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EN EL NÚMERO ANTERIOR:

Encerrada en el laboratorio subterráneo de Edward, Perséfone se las arregla para escapar de allí, al tiempo que comprende mejor la creación de su antiguo condiscípulo. Pero Edward no es el único que está interesado en ella.

***
La basura se amontonaba alrededor de la Colinas de la Escoria, extendiéndose de forma caótica hasta donde abarcaba la vista. Apenas se distinguía el desierto sobre el que se asentaban, las escasas plantas que lo poblaban habían sido aplastadas por toneladas de desechos y los escorpiones nacarados habían visto su territorio invadido por las ratas que llegaban desde la ciudad. Las dos especies habían terminado por adaptarse y convivir como incómodos vecinos que se vigilaban a distancia, temerosos ambos de los nuevos inquilinos que llegaron después, como un escalafón aún más bajo que las ratas: Los desesperados.

Blugdor había sido siempre una ciudad de contrastes, en la que los barrios de clase alta estaban delimitados por peligrosos suburbios a los que era mejor no acercarse. Sin embargo, podía suceder que te expulsaran hasta del más miserable de los barrios. Cuando no te quedaba nada, aún podías acercarte a las Colinas de la Escoria, para intentar sobrevivir entre los desechos de la ciudad.

No eran muchos los que se encaminaban allí y el deseo de sobrevivir solía ser más instintivo que consciente. Atravesaban el vertedero desesperados y, cuando ya estaban demasiado cansados, simplemente se dejaban caer, como si fueran ellos mismos basura, condenados a fundirse al sol. No había chabolas ni poblados improvisados en las Colinas de la Escoria, la mayoría de los que buscaban refugio eran seres solitarios que se escondían de sus semejantes; de vez en cuando se formaba algún pequeño grupo de tres o cuatro personas que se daban ánimos, intentando ayudarse a sobrevivir. No lo conseguían durante mucho tiempo y cada pérdida que sufrían era un adelanto del futuro que les esperaba. Eran desconfiados y reacios a tratar con desconocidos porque cuando no tienes nada puedes llegar a la mayor atrocidad por la cosa más simple. El miedo era la emoción que mejor conocían, la que los acompañaba a todas horas; tal vez era el miedo lo que los había llevado hasta allí, o la incapacidad de seguir luchando contra un medio que no era más hostil que el que los rodeaba ahora. En las Colinas de la Escoria buscaban refugio los cobardes, los perseguidos, los débiles, buscando arañar unos días más a una existencia que daban por perdida. Nunca sobrevivían mucho tiempo y nadie los buscaba allí. Las Colinas se encargaban de matarlos poco a poco.

Sin embargo, entre la profusión de olores desagradables que surgían de la basura nunca se percibía el de un cadáver en descomposición. Las ratas lo devoraban antes. Lya solía suspirar aliviada cuando las veía abalanzarse sobre alguno de los cuerpos, pues eso le indicaba que estaba muerto. Las ratas a veces levantaban la cabeza hacia la dirección en la que ella las observaba, escondida, pero nunca se acercaban.

Lya era una experta en buscar escondrijos en los que nunca permanecía demasiado tiempo. Moverse era esencial para sobrevivir y ella llevaba haciéndolo más que ningún otro habitante de las Colinas a pesar de que era, posiblemente, la más joven de todos; o quizás era por eso. Había vivido allí gran parte de su vida, la ciudad se había convertido en una nebulosa borrosa en su cabeza, sabía que existía en alguna parte pero apenas recordaba nada, aunque hubiera pasado sus primeros años allí.

Había llegado con su madre cuando las Colinas aún se estaban formando; en aquella época no eran tan altas y al subirse sobre ellas podía verse el desierto. Notaba el transcurrir de los años porque el desierto iba desapareciendo, hasta que un día las Colinas fueron muy altas y dejó de verlo. Entonces su madre ya no estaba con ella.

Apenas la recordaba, su madre era como una sombra que la acunaba y le cantaba una canción que era la única que Lya conocía y que tarareaba a veces, cuando se sentía sola, para no olvidarla.

Habían vivido allí, las dos juntas, durante mucho tiempo, pero al final las Colinas pudieron con ella y la niña tuvo que contemplar cómo las ratas la devoraban. Ella sobrevivía, se había adaptado a su nuevo hogar como los escorpiones; había recordado los consejos de su madre y se había quedado allí, escondida. Nunca había sentido curiosidad por ver la ciudad, era el peligro, lo desconocido. Le daba miedo.

Los días eran todos iguales y solo notaba el paso del tiempo en que crecía, porque había rincones en los que ya no podía entrar porque era demasiado grande o lugares a los que sí llegaba porque sus brazos se habían alargado. Nunca hablaba con nadie, los desconocidos eran peligrosos y no dejaba que la vieran, confiaba más en las ratas y los escorpiones, no le hacían nada, la ignoraban como si la aceptaran como una parte más del ecosistema que vivía allí. Lya sentía que no era igual al resto de los hombres que de vez en cuando se adentraban en las Colinas, porque ellos no pertenecían a ese lugar, ellos venían de la ciudad y no se adaptaban. Su madre le había dicho que tuviera cuidado, que no confiara en nadie, que la perseguirían allá donde fuera y que la matarían si la encontraban. Lya nunca supo el porqué y ya no podía preguntarlo. Obedecía porque tenía miedo.

También sentía curiosidad y eso la llevaba a espiarlos, siempre escondida, y sintiéndose aliviada cuando los veía morir porque el peligro había pasado. Las Colinas de la Escoria la protegían, eran parte de ella. Lya notaba los cambios en un terreno que podía ser distinto cada día. El viento movía la basura y era diferente a cuando hacían un nuevo vertido o a cuando un aerodeslizador volaba demasiado bajo y levantaba toneladas de residuos para posarlos en otro lugar. Los cristales rotos se volvían piedras suaves con el paso del tiempo, el sol arrancaba reflejos plateados a las latas vacías. De un modo retorcido, su mundo podía ser hermoso.

O eso había creído todos esos años, hasta que de pronto vio aquel enorme edificio con altas columnas de mármol. Esta vez no había notado nada. Ni olores ni sonidos, ni siquiera había viento, sus sentidos no le habían indicado ningún cambio. Sin embargo, estaba allí.

Lya se frotó los ojos, confundida, esperando que las columnas desaparecieran cuando volviera a abrirlos, que los escalones que la invitaban a adentrarse en el pórtico no fueran tan blancos; pero ese enorme edificio que parecía haber salido de la nada continuaba allí. No había visto nunca nada parecido y eso le dio miedo. Lo más hermoso que había visto en su vida era algo desconocido.

Se escondió como acostumbraba, contemplando a distancia igual que había espiado los torpes intentos de montar campamentos que hacían los recién llegados, antes de descubrir que la mejor forma de sobrevivir era aprovechar los huecos que se formaban entre la basura amontonada.

Lya permaneció allí durante mucho tiempo, vigilando, hasta que descubrió una figura entre las columnas. Paseaba con la cabeza gacha y miraba a su alrededor, era una mujer y parecía confusa, como si acabara de despertar de un mal sueño. Era muy hermosa, tenía largos cabellos dorados y todo en ella parecía suave y tranquilo. La desconocida se estremeció como si tuviera frío, o como si tuviera miedo. Lya deseó por un momento que la mujer le recordara a su madre, pero no se parecían.

La desconocida se giró hacia donde se escondía, como si pudiera verla. A su alrededor el mundo empezó a cambiar, el tubo oxidado tras el que se ocultaba se convirtió en un frondoso árbol de corteza rugosa, si lo tocaba podía sentir los nudos, podía extender las manos y tocar las hojas. La basura que pisaba se convirtió en césped muy verde, lo sentía húmedo bajo sus pies descalzos. 

Lya nunca había tenido tanto miedo, su mundo había desaparecido y la mujer extendía las manos hacia ella, llamándola. 

—Acércate —le pedía, tenía una voz muy dulce.

Lya se dejó ver, sin acercarse. La desconocida debía sentir tanto miedo como ella pues tampoco hizo intención de abandonar el seguro refugio del pórtico bajo el que se cobijaba. Sin embargo sonrió al verla.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

Lya no supo qué contestarle. Entendía sus palabras, pero nunca había pensado que ese lugar en el que vivía pudiera tener un nombre. Era su casa. Su hogar. Era todo lo que tenía, pero ahora había desaparecido y todo era extraño. De todas formas quería responder, aunque fuera una tímida disculpa, pero descubrió que no era capaz de hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no hablaba y las palabras no conseguían formarse en su garganta, lo único que pudo hacer fue tararear una canción.

***

Bayley la observaba, Perséfone estaba segura. Era una sensación extraña porque, cuando se daba la vuelta, él no estaba o le daba la espalda, hablando con otros profesores de la universidad. Sin embargo, cuando ella dejaba de mirarlo sentía como si tuviera sus ojos clavados en la nuca. Aún no había decidido si era amigo o enemigo… o si en realidad eso tenía importancia. Sus conocidos cruzaban la línea demasiado a menudo y dudaba. No estaba segura de si debía confiar en su antiguo profesor y contarle dónde había instalado Edward el laboratorio que debía haber estado buscando durante años y lo que había logrado. Tal vez fuera mejor que siguiera investigando por su cuenta hasta que se reencontrara con él y le torteara la car… le pidiera explicaciones.

Durante esos días había logrado abrir la compuerta que llevaba hasta la cámara subterránea y la había examinado más a fondo. El lugar estaba muy frío desde que no lo calentaba el fuego, pero tampoco se quedó demasiado tiempo allí. Se llevó todas las notas y archivos que encontró, intentando entender qué habían pretendido hacer, qué habían logrado al final y, sobre todo, contra qué tendría que enfrentarse si conseguía encontrarlos. Hasta ahora todos sus intentos de comunicarse con Edward habían resultado infructuosos. Consiguió hablar con Philip Lutrell, su padre, que le contó que su hijo había salido de viaje hacia Talópolis y que seguramente volvería de improviso cualquier día, sin avisar, como acostumbraba a hacer. Perséfone no se atrevió a preguntarle por Tim, de todas formas dudaba que supiera nada de los proyectos de su hijo, el padre de Edward solo se enteraba de sus andanzas después de los incendios.

Decidió no lanzarse en una persecución que podía no llevarla a ninguna parte. Era probable que hubiera mentido a su padre, aunque también era capaz de decirle la verdad esperando que ella lo buscara. Ninguna de las dos perspectivas era buena y Perséfone decidió concentrarse en los documentos que había encontrado. Había muchas cosas que no entendía, sus conocimientos de biología eran limitados y las notas se le antojaban muy confusas, sobre todos las últimas, como si Tim las hubiera redactado apresuradamente, sin importarle que hubiera un orden cronológico o de algún otro tipo en ellas.

Bayley podía ser la llave que necesitaba para entenderlo todo, si se atrevía a confiar en él, pero había algo en ese hombre que la repelía. Era algo instintivo y cada vez que intentaba dejarse llevar por la lógica y acercarse a él una parte de ella se negaba a dar el paso. Se preguntaba si en realidad era él quien la observaba o si sería ella, esperando una señal que le permitiera abordarlo.

Bayley era ya un agradable cincuentón que sonreía demasiado. Había engordado durante esos últimos años y las entradas que Perséfone recordaba de antes de su marcha se habían convertido en una reluciente calva que ya no se molestaba en ocultar; pero seguía teniendo la misma mirada brillante cuando trabajaba con el papeleo burocrático que antes, cuando hacía descubrimientos en el laboratorio. Su interlocutor se marchó y entonces él se giró hacia ella antes de que Perséfone pudiera desviar la mirada. Se quedaron un momento así, mirándose a través de la sala de profesores y fue él quien dio un paso hacia ella. Uno solo, pues fue interceptado por otro de sus compañeros, el profesor Algernon, visiblemente enfadado.

—Teníamos un proyecto para la regeneración de residuos de las Colinas de la Escoria —le contó Bill Martin, profesor adjunto y ayudante de Algernon, que también contemplaba la discusión a distancia—. Lo hemos desarrollado junto con nuestros alumnos de último año; todavía no hemos registrado la patente, pero Bayley ya lo ha propuesto al alcalde.

—¿Y qué ha pasado?

Martin la miró sorprendido, antes de responder.

—¿No lo sabes? Ya no hay colinas.

—¿Cómo?

—¿Dónde has estado metida? Se está remodelando la zona y han construido un complejo de ocio. Todo en apenas unos días y sin consultarlo con nadie.

—¿Y la basura? —lo cierto era que nada de aquello le interesaba, preguntaba por preguntar, pero el silencio de Martin antes de responder y el tono de voz, casi susurrando, con el que lo hizo, consiguió preocuparla.

—Nadie lo sabe.

—¿Cómo que nadie lo sabe? Algo así no puede desaparecer de un día para otro… —era absurdo, Martin la miró y se encogió de hombros. 

—No sé qué han hecho con ella. Dicen que la han disuelto pero no sabemos cómo lo han conseguido en tan poco tiempo y sin causar daños ecológicos. Tampoco conocemos la empresa que se ha encargado de la regeneración del sitio; hemos preguntado y nadie ha oído hablar de ella. También escuché rumores de que todo es un engaño del alcalde y que está desviando los fondos para el complejo de ocio a su bolsillo, pero esta mañana nos hemos acercado a la zona  y es cierto que están construyendo algo. Vimos un edificio gigantesco, de mármol blanco, muy bonito. Y ni rastro de la basura.

Perséfone había dejado de escuchar a mitad de la explicación, tenía mejores cosas en las que pensar que en la basura desaparecida. En su cabeza se superponían las imágenes de Edward y Kain, los dos problemas que la preocupaban, las dos personas a las que no había conseguido encontrar por más que las había buscado. De Edward tenía al menos una mínima referencia, de Kain no había descubierto nada, había desaparecido como… como la basura. No, no era una buena comparación. Esperar a que él viniera a buscarla parecía la mejor opción, porque sabía que, en algún momento, aparecería.

Daba igual que la cogiera por sorpresa porque, aunque lo esperara, no estaría preparada para el encuentro.

No volvió a pensar en el problema de la basura hasta que llegó a su casa. No. Aquella no era su casa, solo era un apartamento en el que vivía. Nunca había encendido la pantalla holográfica, ni siquiera había preguntado si funcionaba al alquilar el piso pero ese día la encendió y sintonizó la frecuencia desde la que transmitían el discurso del alcalde.

No tenía intenciones de sentarse a ver cómo el hombre buscaba continuamente la cámara que lo enfocaba para mostrar siempre su mejor perfil, sino que pensaba dejarlo de fondo, para enterarse del tema que preocupaba a sus compañeros, pero al contemplar la imagen que apareció en la pantalla sintió un escalofrío recorriendo su espalda y tuvo que sentarse, sin poder apartar la mirada de la mujer que sonreía en silencio junto al alcalde.

Llevaba un vestido de gasa tan transparente que era como si estuviera desnuda, sus cabellos dorados estaban sujetos por una diadema en su frente y se desparramaban sobre los hombros. Se veía tan bella que parecía irreal. Perséfone sabía la verdad, lo que se escondía detrás de ese rostro sonriente, que la imagen que veía era falsa.

—Afrodita —murmuró, sorprendida—, pero ¿qué haces aquí?

Prestó más atención a la imagen. Estaban dando una rueda de prensa y los periodistas se interrumpían unos a otros intentando llamar la atención del alcalde. Perséfone buscó entre el público, cada vez que los enfocaban, por si encontraba entre ellos a alguno de sus antiguos compañeros en la organización de Hades. No reconoció a nadie, pero los hombres de Hades sabían hacer bien su trabajo y no se dejarían descubrir con facilidad. Las imágenes cambiaron de pronto y mostraron lo que antes habían sido las Colinas de la Escoria. No hacía tanto que había estado allí, luchando contra Kain. Era el último lugar donde lo había visto. De las Colinas ya no quedaba nada en apariencia. Todo había desaparecido y se veía un enorme edificio del estilo clásico que Afrodita daba a todas sus recreaciones, rodeado de espléndidos jardines. Era hermoso y brillante, una trampa en la que deseabas entrar. Perséfone frunció el ceño. Ella era posiblemente la única que lo sabía en la ciudad: las Colinas de la Escoria continuaban allí, ocultas bajo la ilusión.

Desde luego los que no lo sabían eran los que se agolpaban en las inmediaciones del edificio; había periodistas y algunos curiosos, pero la mayoría eran trabajadores que buscaban una oportunidad en las nuevas instalaciones, aunque el complejo aún no se hubiera inaugurado. No faltaba mucho para ello, por lo que decía el alcalde, traería prosperidad a la ciudad y aliviaría el alto nivel de desempleo que padecía la colonia en los últimos tiempos.

Las imágenes de la gente no dejaban lugar a dudas: ninguno de ellos percibía la realidad. Y Afrodita ni siquiera estaba cerca de su creación en ese momento, sus poderes eran cada vez más potentes, los dominaba mucho mejor, de una forma que ella nunca habría imaginado. Había alterado la percepción de una ciudad entera. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué buscaba? Su estilo era esconderse y esperar a que sus víctimas acudieran a ella.

O tal vez lo que había cambiado es que ahora no le servía una víctima cualquiera, buscaba una víctima determinada y esperaba que su imagen en la pantalla lo llevara hasta la trampa. Quizás ya estuviera allí, entre la multitud que esperaba.

De todas formas, las cosas no iban tan bien como intentaba hacer ver el alcalde. Se respiraba tensión en el ambiente y surgían peleas entre los que esperaban, incapaces de formar una cola ordenada y preocupados por que otro pasara delante de ellos. La cámara se desvió para tomar una imagen de la entrada de lo que parecía el pórtico de un templo clásico, allí había aparecido una niña. No tendría más de diez años, estaba muy delgada y vestía una túnica muy parecida a la que llevaba Afrodita. Tenía los ojos oscuros y muy grandes y su piel estaba tostada por el sol. Los que estaban cerca de la escalinata retrocedieron unos pasos al verla. Ella con un gesto le indicó al que estaba más cerca que podía entrar.

La imagen cambió de nuevo y el rostro del alcalde ocupó toda la pantalla, se veía satisfecho y ufano. Dejó que Afrodita se acercara al micrófono, ella parecía tímida y bajaba los ojos, sin mirar directamente a la cámara.

—Ofrecemos un mundo mejor para todos, un lugar hermoso. Puedo hacer realidad todos vuestros sueños. Mi nombre es Afrodita y os prometo que Blugdor nunca volverá a ser igual.

Perséfone bufó. Lo que prometía eran mentiras, sueños falsos, pero la gente la creería. Aunque supieran la verdad, se resistirían a dejar de creer.

Entonces Afrodita levantó la cabeza y miró fijamente a la cámara que la enfocaba. Perséfone sintió como si esa mirada estuviera dirigida a ella. Intentó sostenerla, aunque era imposible que Afrodita lo supiera, sin llegar a percibir la señal de la locura en sus ojos. La buscó, esa perturbación a la que estaba acostumbrada, que era capaz de reconocer aunque la ilusión intentara disfrazarla. No la encontró y eso le dio miedo, porque no sabía si era la ilusión la que la estaba afectando o si detrás de la pantalla había una persona que había cambiado, a la que ya no conocía del todo. Una persona a la que no sabría cómo enfrentarse.

Intentó relajarse, se dijo que no tenía que enfrentarse a ella, ni siquiera tenían por qué encontrarse aunque vivieran en la misma ciudad. Perséfone estaba ya muy lejos de la organización, de Hades, de todo lo que había significado tanto en su vida.

—Si tengo la capacidad para cambiar el mundo ¿por qué no utilizarla? —seguía diciendo Afrodita con una media sonrisa en los labios—. Os espero. Venid.

¿Quién podría resistirse a su llamada? Tan hermosa, tan sugerente. Se dijo que si aquello tenía que ver con algún plan de Hades era mejor no interferir y si no lo era ¿acaso tenía que importarle? No tenía nada que ver con ella, era parte de lo que había dejado atrás. Ella no era como Scream, el héroe de Ernépolis, no tenía que salvar la ciudad de nada.

Sin embargo, se habría sentido mejor si hubiera sabido cuales eran las intenciones reales de Afrodita.



EN EL PRÓXIMO NÚMERO:
¿Cuáles son los planes de Afrodita? ¿Se terminará mezclando Perséfone en ellos? La respuesta, en el próximo número.


3 comentarios:

Roberto Cruz dijo...

Aún en shock por la constante regularidad que muestra Raelana en su producción (soy lector habitual de fanfic y es fácil que la aparición de nuevos números de cada serie se demore meses) vuelvo a disfrutar de un nuevo capítulo de la saga de Perséfone. Y ahora que he podido introducirme un poco más en todo el mundo del Tecnoverso puedo disfrutar mucho más de él.

El número, como primera parte de una nueva saga, funciona perfectamente como introducción: Raelana nos muestra de forma magistral qué son y cómo funcionan las Colinas de la Escoria, llegando a sentir gran empatía por la niña protagonista de la primera parte del relato. En la segunda parte se centra más en presentar "el conflicto" al que se enfrentará Perséfone y es dónde me han sido más útiles mis nuevos conocimientos del Tecnoverso ya que, al tratarse de una "vieja conocida", tengo claro qué puedo esperar de ella. Y eso va a convertir a esta aventura de Perséfone en uno de sus mayores retos...
A morderse las uñas de emoción una semana mas! XD

Magnus Dagon dijo...

En el Tecnoverso, si no lo sacamos semanalmente, no lo sacamos XD, de Los Caídos me siento extremadamente orgulloso que los 54 capítulos salieron todos semanalmente y con portada, fue un trabajo durísimo conseguir que eso se lograra... más de un año ininterrumpido de actualizaciones semanales.

A mí la saga esta me moló cantidad, como es obvio ya la he leído entera :), y realmente me pareció muy, muy buena.

Raelana dijo...

Sí, este es un capítulo introductorio, creo que esta aventura tiene menos acción pero más tensión emocional. Y si conoces lo anterior te va a molar más porque vas a ver muchas referencias y cosas conocidas.

Y te puedo asegurar que la regularidad se mantendrá salvo causa de fuerza mayor. No me atrevía a hacer los 54 capítulos de Magnus del tirón xDDD Yo voy a trabajar a base de temporadas, pero también he sido lectora de fanfics y me fastidaba mucho que las historias se quedaran colgadas.

¡¡Muchas gracias por leer!!

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