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LOS CAÍDOS















THE JAMMERS



















PERSÉFONE

OUTCAST


Perséfone Anual 1: Los ojos de Casandra

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La compuerta metálica de la cúpula se abrió para que la nave pudiera aterrizar, dejando pasar también la tormenta que rugía en el exterior. Los escasos segundos fueron suficientes para que la figura que esperaba en la pista de aterrizaje quedara empapada, pero a la anciana que esperaba no parecía importarle, miraba la nave y a su ocupante sin mostrar extrañeza por su visita, aunque debía saber que Perséfone ya no trabajaba para Hades.
—Casandra —la saludó con cortesía cuando estuvo a su altura. La anciana respondió con un movimiento de cabeza. Había tomado su nombre de la adivina troyana, aunque ella no era capaz de predecir el futuro. «Pero traigo desgracias con mis visiones», solía decir, justificando su elección. Casandra podía ver el pasado. Cuando Hades la reclutó lo único que le pidió fue instalarse allí, en aquel asteroide inclemente apartado de las rutas conocidas. Le construyeron la cúpula que protegía su hogar de la lluvia y el viento y la dejaron sola. Nunca se alejaba de allí, era Hades el que acudía a ella cuando necesitaba conocer hechos del pasado para tomar decisiones. Casandra siempre le había dado la razón y Perséfone se había preguntado si lo que veía la mujer era realmente cierto o si sería una charlatana que les decía lo que querían oír.
Era demasiado tarde para arrepentirse, ya estaba allí. Iba a comprobarlo.
Casandra la condujo hasta un edificio pequeño que se levantaba cerca de una de las paredes de la cúpula protectora. Perséfone nunca había entrado en la casa, cuando acompañaba a Hades prefería quedarse fuera, esperándolo, sin querer inmiscuirse en algo privado y deseando marcharse pronto de allí. El asteroide tenía atmósfera respirable, pero el tiempo era tan inclemente que nadie hubiera podido sobrevivir fuera del recinto cubierto. Ninguna estrella lo iluminaba y estaba permanentemente a oscuras, solo se veían luces en el interior de la casa y, sin descanso, se escuchaban los golpes del viento sobre la cubierta que los aislaba, como si fuera a romperse en cualquier momento.
La casa era muy pequeña. Casandra la condujo hasta una habitación sin ventanas y le pidió que se sentara en torno a una mesita redonda. Los muebles tenían una altura más baja de lo habitual y a Perséfone le resultaron un poco incómodos. Todo estaba hecho a medida de la anciana. Casandra era de baja estatura, de huesos pequeños y frágiles y sus cabellos encanecidos le llegaban hasta la cintura. Se sentó frente a ella, sus ojos azules eran la única nota de color en un rostro demasiado pálido.
—Te puedo ofrecer una taza de té, pero tienes prisa.
Sí, quería alejarse de allí cuanto antes, ni siquiera estaba segura de que ir hubiera sido una buena idea… pero necesitaba tanto saber. Aceptó de todas formas la taza de té, intentando ser amable con la anciana. Tenía un suave aroma a canela.
—¿Cómo lo soportas? —el viento parecía más violento a cada minuto que pasaba, Perséfone no podía evitar que su mirada se desviara al techo, como si fuera a salir volando.
—El silencio es mucho peor.
—¿Estás segura? —Perséfone tenía sus dudas—. Podrías vivir en otro sitio.
«Hades te llevaría a donde quisieras», era el comentario implícito. Casandra miró al techo también, quizás pensando en otro lugar del que había huido. ¿Quién era ella para dar consejos? Sabía lo que podía doler volver al hogar. A veces era mucho mejor añorarlo.
—Aquí estoy tranquila. Y me gusta pensar que hay algo ahí fuera que puede arrastrarme —contestó al final.
—Supongo que yo prefiero sentirme segura.
—Por eso has venido ¿no? Y, sin embargo, tal vez encuentres algo que no deseas, algo que te rompa.
Perséfone suspiró, sabía que lo que encontrara no iba a ser agradable, fuera lo que fuera.
—Algo que me arrastre… —susurró. Casandra negó con la cabeza.
—No, para que te arrastren tienes que dejarte llevar. Y no es fácil. Yo sigo aquí, bajo la cubierta firme de la cúpula… —extendió las manos, esperando que Perséfone las tomara, pero ella se mantuvo retraída, dudando. Había marcha atrás, si no deseaba verlo.
—Este lugar tiene sus ventajas —continuó Casandra—. No veo el presente, no sé en lo que se ha convertido la gente que aparece en mis visiones. Es una sensación incómoda cuando tu cuerpo está en un lugar y tu mente en otro, las cosas no encajan bien. Y la gente que te rodea también se siente incómoda. Aislada todo es más fácil.
«Entiendo por qué Hades necesita ser justo. Para poder venir y mirarte a los ojos sabiendo que no tiene nada que ocultar, ninguna vergüenza que lo manche. Ningún error. Y yo tengo tantos…»
Pero estaba allí y Casandra esperaba, Perséfone sacó la gorra del bolso y la giró entre sus dedos antes de ponerla sobre las pequeñas manos de la anciana. Fue solo un momento que ella aprovechó para agarrarla con sus dedos cortos, dejando que el objeto cayera sobre la mesa, tirando de las muñecas de Perséfone hasta su rostro.
—Cierra los ojos, querida —pero ella no los cerraba, ella la contemplaba con su mirada azul, tan fría como sus dedos. Quizá ya estaba teniendo una visión. ¿Qué le diría? Perséfone asintió y obedeció, aspirando con fuerza. Las manos de Casandra estaban muy frías, entumecidas, como si fueran de hielo, pero eran firmes y tiró de ella hasta que los dedos rozaron el borde de sus ojos abiertos. La presión cesó sobre sus muñecas y Perséfone apretó los dedos sobre la piel de la anciana.
—Se llamaba Jacob… —murmuró, pero no era necesario. Casandra sabía qué era lo que ella necesitaba ver. Perséfone se sorprendió porque no había oscuridad dentro de los párpados cerrados.
***
En el espacio no había días ni noches, las naves espaciales no necesitaban ventanas para contemplar el vacío en el que se mueven y es un sistema de cámaras, estratégicamente situadas, lo que permite ver el exterior cuando los radares necesitan apoyo visual. La pantalla cuya imagen puede dividirse para mostrar veinte puntos de vista distintos estaba apagada, la mitad del panel de manos inservible y Jacob había desconectado el piloto automático, esforzándose por mantener estable el aparato con el control manual.
No estaba nervioso, sus músculos no temblaban. El rictus de su rostro se mostraba preocupado, pero no tenso. Sintió un golpe tan fuerte que hizo temblar la nave y activó una de las cámaras. En la pantalla apenas se veía el morro de la nave que lo perseguía, aunque seguía allí. No iba a poder librarse de ella. Apagó la cámara antes de sentir un nuevo golpe. «Siempre detrás», murmuró. «No puede estar mucho mejor que yo».
El radar detectó al fin un cuerpo sólido, lo bastante grande como para ser un planeta. Jacob emitió un suspiro de alivio. Intentó encender de nuevo el panel de control, pero las zonas apagadas eran mucho más abundantes que las que permanecían encendidas. Dio toda la potencia posible a sus motores, para impulsarse hacia el punto que cada vez se hacía más grande.
Todo era cuestión de prioridades.
«Veremos si aún me sigues».
Un nuevo golpe le indicó que la nave continuaba detrás. Sonrió. Se había convertido en una compañera, de alguna forma no estaba solo. Soltó entonces los mandos y se reclinó en el sillón.
—Pat, estarías orgullosa de mí.
El golpe al estrellarse la nave fue mucho más violento que los anteriores. Todo se volvió oscuro, todo quedó en silencio. Era como si lo hubiera engullido un agujero negro.
***
Perséfone reprimió el grito en su garganta y abrió los ojos, intentó apartar las manos, pero Casandra le sujetó los dedos con fuerza y la obligó a permanecer allí, con las yemas pegadas a su rostro.
—Aún no lo has visto —dijo la anciana y Perséfone pensó que había contemplado lo suficiente, que no deseaba saber más. ¿Cuántas horas podía tardar su hermano en agonizar? ¿Quería sufrirlo? Habría sido distinto si hubiera podido decirle que estaba allí, con él, que no estaba solo. Las manos de Casandra aflojaron la garra, la dejaba escapar, pero Perséfone no aprovechó para retirarlas. Contuvo las lágrimas. Ella no lloraba.
«Siempre he sido fuerte. He venido para esto. Sabía lo que iba a ver».
Cerró los ojos de nuevo.
***
La nave permanecía en la oscuridad más completa, pero el silencio se había poblado de pequeños sonidos, algo metálico que se desprendía y rebotaba, la voz de Jacob emitiendo un quejido que parecía más de fastidio que de dolor. Se encendió una de las luces de emergencia y el joven piloto se volvió hacia ella con un suspiro de alivio. Su cuerpo grande y recio había aguantado bien el golpe; Jacob era como el toro que muere embistiendo y eso era lo que acababa de hacer, una embestida con la que había pretendido librarse de la nave que lo perseguía.
Activó las cámaras para localizar la nave enemiga. Hasta que no viera el exterior vacío no se convencería de que ella había dado marcha atrás. Suspiró. Estaba a pocos metros de la suya, semienterrada en aquel paisaje yermo donde se habían estrellado. Los sensores térmicos detectaron calor dentro. Ella estaba viva.
—A veces hay que saber rendirse —Jacob se encogió de hombros. No podía hacer más. Que lo hicieran prisionero tampoco era tan malo.
—Kain nunca aceptaría perder, se revolvería y atacaría. Pat me diría que no necesito ser un héroe, que me cuide, aunque ella… al final ella también se revolvería. Es cuestión de carácter. Yo puedo esperar tranquilo, al final siempre se encuentra una oportunidad.
***
Perséfone se sintió confusa. Había esperado encontrar dolor y sufrimiento, había deseado que fuera rápido… y, sin embargo, la última imagen que había visto le mostraba a un Jacob tranquilo. Sus ojos ahora abiertos contemplaban la gorra que descansaba sobre la mesa, como si ahí estuviera la respuesta, temía levantar la cabeza y encontrarse con la mirada azul de Casandra, su rostro afilado de bruja, sus labios finos que se entreabrían en una sonrisa que nunca tranquilizaba.
—¿Descansamos? —sugirió la anciana. Le había soltado las manos y las imágenes habían desaparecido del todo. La habitación, sin alfombras, sin adornos en las paredes, le parecía a Perséfone un lugar aún más desolado que aquel en que había dejado a Jacob. Parpadeó. No terminaba de comprender lo que estaba viendo, pero no iba a detenerse.
—No —respondió con más firmeza de la que había pretendido emplear. Presionó sus dedos contra las sienes de Casandra y volvió a cerrar los ojos—. Estoy bien, Casandra. Puedo verlo.
«Puedo soportarlo».
—El pasado no es como lo imaginas, no es una línea recta, tal vez tardemos un poco en llegar al lugar que estamos buscando.
Perséfone asintió, pero no retiró las manos. Cerró los ojos incluso antes de sentir los helados dedos de la anciana rodeando sus muñecas.
***
Jacob se había dejado caer de rodillas en el suelo, con la cabeza gacha, como si estuviera mareado. Llevaba un uniforme en el que no lucía los colores de Blugdor y que estaba hecho trizas, la parte de sus brazos que no estaba cubierta por los brazales sangraba por multitud de cortes y respiraba con dificultad. Sentía que, si intentaba levantarse, caería redondo al suelo y no podía hacerlo. No aquella vez, que había ganado. Quizás había sido el único que había derribado a Ángela Mason en toda su vida. Le había costado muchas sesiones de entrenamiento y casi se les había ido de las manos. A los dos. ¿Se habrían preocupado los científicos de batas blancas? Podían haberlos perdido a ambos. «Ha merecido la pena», murmuró. Sabía que ella no se lo perdonaría nunca.
Nadie se acercó a ayudarlos, aunque Jacob era consciente de los ojos que lo observaban. La famosa espada que blandía ella había caído al suelo y estaba muy cerca de él, sólo tenía que extender el brazo para cogerla. No lo hizo. Le tenía mucho respeto a su contrincante, incluso estando desarmada e inconsciente.
La llamaban Filo Omega y era ella misma como una espada: Alta, delgada, fibrosa. Se movía con una firmeza y una elegancia que Jacob envidiaba; a su lado él parecía un buey lento y torpe. Sabía que tenía otras virtudes: era fuerte, seguro, paciente y esa era su ventaja. Esperaba mientras ella se encolerizaba. Jacob sentía que no tenía nada que demostrar, para él sobrevivir ya era suficiente mientras que para Ángela cada nuevo combate era una prueba.
Hasta aquel día los había ganado todos, ahora él podía presumir de ser el único que la había derrotado y eso le hacía fruncir el ceño. Se lo haría pagar, cuando despertara.
Jacob pensó que de todas formas no debía importarle. «Sentir odio es tan triste». No se sorprendió cuando instantes después sintió la hoja de la espada apretándose contra su garganta.
—No has debido darme la espalda, traidor.
Él no contestó. Mantuvo la calma. Ni siquiera intentó darse la vuelta.
—Ya deberías saber que no tengo tanto orgullo como para morir por él. Me rindo, he tenido suficiente combate por hoy.
Ángela no bajó la guardia. Estaba claro que lo consideraba un cobarde, lo despreciaba, pero sus superiores no permitirían que lo matara. Tal vez si no la estuvieran observando las cosas habrían sido distintas y la espada presionaría más sobre su garganta. La apartó y bufó. Algún día estarían solos, en alguna parte.
En la puerta de entrada de la sala de entrenamiento aparecieron los investigadores, que se acercaron a quitarle las partes de la armadura que estaban probando. Jacob llevaba los brazales y no se había sentido cómodo con ellos, le parecía que entorpecían sus movimientos aunque le daban más fuerza a su brazo. Ella llevaba puesto el peto y se sentía con él como si llevara una segunda piel, o eso afirmaba. La servoarmadura aún no estaba lista, ni siquiera aquellas piezas que probaban eran las definitivas, pero Filo Omega afirmaba que tenía que ser para ella. No podía ser para un traidor que se cambiaba de bando.
Jacob pensaba que era irónico que confiaran más en él que en ella, pero cada día sentía más que era así. La saludó antes de marcharse con una inclinación respetuosa que ella entendió como una burla. Sus ojos negros chispearon de rabia. No, no querría encontrarla nunca a solas en un callejón oscuro.
—Hasta la próxima vez —Jacob no pudo evitar sonreír, sabía que eso la hacía rabiar—. Espero que sea tan agradable como esta. A ver si algún día luchamos en igualdad de circunstancias, con la armadura completa.
—Nunca seremos iguales. –le espetó ella—. Y esta vez solo has tenido suerte.
—Ya veremos, yo soy un buen soldado… y tú ya tienes una edad...
La mano de ella apretó el puño de la espada, pero no llegó a desenvainarla. Dejó que se alejara, observándolo con el ceño fruncido. Sus ojos le decían que en el próximo enfrentamiento se resarciría de su derrota, demostraría que era ella la que merecía llevar la servoarmadura. Aunque aún no estuviera terminada, ya era parte de ella.
***
—¿Qué estoy viendo?
—El pasado.
—¿Hemos retrocedido? ¿Hemos ido hacia delante?
—Es difícil saberlo.
—Mi hermano no era un traidor.
—A veces hacemos cosas que no imaginamos que podríamos hacer.
—Nosotros, pero no quien nos conoce, yo sé que mi hermano no era un traidor.
—¿Amaba Blugdor?
—Nos amaba a nosotros. A Kain y a mí. Iba a buscarme.
—Tal vez por eso traicionó a las colonias.
«¿Por mí? Por lo que esperaba que yo fuera, por donde esperaba encontrarme... Siempre hago daño»
***
Se dejó conducir por los guardias que lo custodiaban, con la cabeza gacha, atravesando blancos pasillos que ascendían y giraban. Tardó en darse cuenta de que no lo llevaban a otra celda, cuando los corredores se hicieron más amplios y lo hicieron entrar en una habitación que parecía un despacho. Una mujer lo esperaba con los brazos cruzados, de pie delante de una mesa. Jacob mantuvo la cabeza baja, concentrado en el bajo de los pantalones negros de la desconocida. Ella no dijo nada, se mantuvo en silencio hasta que él se atrevió a levantar la mirada y se encontró con sus ojos, completamente negros, como si el globo ocular se hubiera convertido en una gigantesca pupila. Retrocedió un paso. Ella sonrió al ver su reacción.
—Jacob Fisher.
Él asintió con la cabeza.
—Hecho prisionero… Hace tres semanas…
—Me prometieron que me meterían en el próximo intercambio de prisioneros —la interrumpió él, tragando saliva. Era el motivo por el que no había opuesto resistencia, por el que se había mantenido tranquilo todos esos días. Ella no parecía ser el tipo de mujer acostumbrada a ser interrumpida, pero no se lo tomó mal. Dejó el informe que estaba leyendo sobre la mesa y se cruzó de brazos de nuevo.
—Como ves, tenemos otros planes.
Jacob asintió. Había escuchado los gritos de sus compañeros en las celdas adyacentes, había escuchado rumores. No estaba en una prisión, sino en un laboratorio. Y tenía un físico que resistiría mucho. Y en ese informe que la mujer había dejado a un lado seguro que ponía que nadie pagaría un rescate por él.
—¿Qué opciones tengo?
—Colaborar —lo dijo como si no fuera una opción, sino una obligación.
Jacob dudó, intentó sostener la extraña mirada de la mujer pero no podía. Tuvo que desviarla, aunque intentó sonreír, de todas formas.
—Creo que no nos estamos entendiendo, yo no soy un héroe, sino un chico que busca una oportunidad. Me da igual estar en un bando que en otro…
—Tienes un físico impresionante, Jacob. No creas que no hemos pensado en tus posibilidades si lucharas de nuestro lado.
—Eso puede arreglarse —se apresuró a responder, la conversación iba por donde él quería. Tenía una oportunidad—. No hay nada que me ate a Blugdor, si me ofrecéis una oportunidad aquí yo…
—¿No eres fiel a tu país, Jacob?
El rictus del joven se endureció.
—Mi país no ha hecho nunca nada por mí. Mi país se ha metido en una guerra que no puede ganar y está sangrando a sus hijos. No, no le debo nada… —miró el informe y lo señaló con la mirada—. Tiene que estar ahí. Pat, Kain Fisher. Ellos son mi país, a ellos les soy fiel. Y haré cualquier cosa que pueda beneficiarlos a ellos. No necesitan un hermano muerto en la guerra, necesitan uno vivo que pueda cuidarles.
No tenía claro qué pondría en el informe, si hablaría de la desaparición de Pat, de las malas compañías de Kain. En todo caso nada de lo que había dicho era falso.
Ella lo miró de arriba abajo, lo estaba evaluando.
—No pierdes la calma, Jacob y eso nos gusta. Tenemos ya una candidata, Filo Omega, tal vez has oído hablar de ella. Es demasiado impetuosa, demasiado agresiva. Se deja llevar con facilidad, en lugar de pararse a pensar. Un soldado debe pensar y tú lo haces. Y tienes juventud y fuerza.
—Y soy un enemigo, que puedo traicionaros si mi bando me ofrece algo mejor —terminó él, la expresión de ella no cambió, Jacob carraspeó—. Creo que es mejor que dejemos las cosas claras.
—En realidad, eso me tranquiliza, porque nadie puede ofrecerte nada mejor.
Jacob esperó. Habían sido tres semanas encerrado en una celda, cabizbajo, con los hombros hundidos y una terrible sensación de fracaso que intentaba ocultar. Y ahora aquella mujer le estaba ofreciendo algo que no sabía si era bueno o malo, pero que al menos significaba una oportunidad. Ella le dijo que podía llamarla Desdémona.
—Tengo que encontrar a mi hermana. ¿Podéis ayudarme? —pidió, y al asentir Desdémona supo que habían atado al buey con algo más resistente que cualquier cadena.
Lo habían trasladado a otra zona del complejo, una habitación desde la que ya no escuchaba los gritos de los otros presos. Le habían devuelto sus objetos personales y le dieron un uniforme con el que se sentía extraño. Al principio pasaba muchas horas en su habitación, sin comprender que podía salir cuando lo deseara. No estaba libre, sin embargo, su prisión era ahora todo el complejo. Y también estaba ella.
En su primer combate contra Filo Omega había caído al suelo como un buey herido y ella lo había llamado traidor. Los científicos les hacían llevar piezas de armadura que le probaban y le quitaban sin motivo aparente, tardó bastante en comprender que estaban diseñando una servoarmadura, y que pretendían que estuviera perfectamente adaptada a su cuerpo.
—Es el arma más compleja que se haya diseñado nunca —le dijo un día Desdémona, con un deje de orgullo en su voz—. No creas que podrás utilizarla en contra nuestra, tendrá un dispositivo que lo evite y tú no tienes conocimientos para inutilizarlo.
—Ni se me ocurriría intentarlo —y lo decía en serio, si algo le había enseñado su hermana, era a tener respeto por los avances científicos.
***
Esta vez fue Casandra la que interrumpió el contacto. Perséfone sentía que sus manos temblaban cuando dejaron de sujetarla. Las imágenes que veía sobre sus párpados cerrados se fueron aclarando hasta desaparecer y tuvo que abrir los ojos. La anciana había cerrado los suyos y se la veía cansada. ¿Estaría contemplando alguna visión que no quería compartir con Perséfone? ¿Por qué? No se atrevió a decir nada y en ese momento lamentó no haber entrado nunca con Hades porque así habría sabido cómo reaccionar. No tuvo que esperar mucho. Casandra abrió los ojos de golpe y se los frotó. La miró como si no la viera, tal vez veía imágenes superpuestas unas encima de otras y no podía distinguir cuales pertenecían al pasado y cuales al presente.
—No es fácil controlar las visiones, a veces saltan cosas que no es lo que quieres ver —se excusó.
—Quiero saber cómo murió mi hermano. La verdad. Dicen que murió en la guerra. También que lo hizo como un héroe, en una peligrosa batalla. Ahora estoy viendo que tal vez murió como un traidor… —tampoco sería tan raro. Cosas de familia. Jacob no era tan distinto a ellos «Era el mejor. Siempre fue el mejor de los tres». Pero ser mejor que ellos tampoco era ser gran cosa.
—O no murió… ¿no es eso, Perséfone, lo que buscas?
Ella no contestó. Frunció el ceño. Se preguntó si estaría mal fumarse un cigarrillo mientras esperaba a que la anciana se recuperara del todo. «¿Cuántos años tienes, Casandra? El agotamiento es mental, tus huesos no crujen, tus manos son fuertes. No me has pedido que me desarme antes de entrar. No te importa. Sin embargo, no puedes conocer el futuro».
—Busco la verdad —dijo al final. Casandra sacudió la cabeza, como si no lo creyera.
—Va a morir. Sé que tienes la esperanza de que sobreviva, de que te muestre que las cosas no son como te las han contado y que él sigue ahí, en alguna parte, donde podrás ir a buscarlo. Pero lo que estás viendo es el pasado y no puede cambiarse.
—Lo sé. No tengo ninguna esperanza. Sé que murió. Si estuviera vivo, habría vuelto a casa.
Casandra volvió a extender las manos sobre la mesa.
—Sin embargo tienes esa esperanza. Estás pensando: «Tal vez. Tal vez».
***
Filo Omega golpeaba para matar. Su adversario era un joven prisionero que no intentó defenderse en ningún momento, como si la fama de su contrincante fuera suficiente para darse por vencido. Jacob contemplaba la pelea con el ceño fruncido y los brazos cruzados. No hizo ningún intento de ayudar al que no hacía mucho había sido un compañero más de prisión. Que se las arreglara solo, como había hecho él. Allí cada uno tenía que aprovechar las ocasiones que se le ponían delante.
Y, tal vez, si ella presentía que quería ayudar a ese chico, lo golpearía más fuerte. Cuando los guardias se lo llevaron a rastras ella se volvió hacia Jacob, desafiante, aún resoplando después del combate. Preparada para enfrentarse con él sin pararse a descansar.
Aún era una leyenda y tenía que demostrarlo. Lo sería siempre, haría lo que fuera necesario para conseguirlo. Sus hombres la seguían, la apoyaban sin cuestionarla, harían cualquier cosa que ella les pidiera y Jacob se mantenía aparte, consciente de que no terminaban de fiarse de él; prefería no hablar porque su acento de las colonias lo delataba más como extraño que lo incómodo que se sentía con el uniforme. Lo trataban bien a pesar de todo y lo ayudarían a encontrar a su hermana. Jacob no lamentaba su situación.
De todas formas, era consciente de que la libertad era solo apariencia. Los sistemas de seguridad del laboratorio lunar eran los más férreos de la tierra. El control de la gente que entraba y salía del complejo era muy estricto, todo el edificio era como una gigantesca cárcel en la que trabajaban más prisioneros de guerra. Algunos contra su voluntad, otros habían aceptado de buena gana el cambio de bando y a otros, como a Jacob, no les importaba demasiado el bando en el que luchaban, eran hombres con alma de mercenarios.
—No es que no me importe —decía él—. Es que mis prioridades son distintas.
Solo se sentía un traidor cuando miraba a Filo Omega a los ojos, cuando lo leía en la mueca de sus labios, cuando murmuraba las palabras con desprecio. Jacob no sabía qué hacer para que ella no lo odiara, solo era un rival más en su camino hacia la servoarmadura, no entendía por qué lo había llevado a un terreno tan personal.
—Porque tiene miedo —le dijo uno de los ayudantes de laboratorio—. Porque preferiríamos que la enviaran de vuelta a la Tierra.
No solo tenían que probar las piezas, los científicos también los estudiaban, sacaban moldes de sus músculos, extraían muestras de sus tejidos y les sacaban sangre. A veces coincidía con Filo Omega en el laboratorio y ella se veía tensa y nerviosa; todos respiraban de alivio cuando se marchaba, mientras que Jacob se quedaba hablando cordialmente con ellos.
—Sabes que es muy posible que sepan ya dónde está tu hermana y no te lo digan para poder utilizarte —le dijo un día uno de los científicos con los que había hecho más amistad. Jacob pensó en ello durante mucho tiempo.
—No tengo muchas más opciones. No podría encontrarla yo solo. Si lucho con la servoarmadura y me convierto en un héroe, tal vez sea Pat la que me encuentre a mí.
—Cuando hay batallas cerca todo se vuelve muy caótico, las naves entran y salen… —le contó el científico otro día—. Nunca me he atrevido a intentarlo.
Jacob negó con la cabeza.
—No me gusta correr riesgos. ¿Y hacia dónde iría? La guerra terminará algún día.
—Somos cobardes —el hombre parecía querer que Jacob lo animara, que lo impulsara a arriesgarse, pero el joven soldado no lo hizo.
—Somos sensatos.
***
Casandra la miraba y Perséfone pensó que era la primera vez que lo hacía realmente. Los ojos de la anciana siempre rehuían encontrarse con los suyos, en un gesto que podía ser de miedo o inseguridad y que quizás era solo el medio de no ver algo que estaba en ellos, de no descubrir lo que había en su interior. En su pasado. «Cuando me mira siento que no tengo intimidad. No te has encerrado aquí porque no quieres que te vean, sino porque no quieres ver».
—A veces descubrimos cosas que no imaginamos —dijo la anciana—. Cosas que nos decepcionan.
¿Y acaso ella podía recriminar a Jacob que hubiera tomado un camino y no otro? Ella que había matado, que había traicionado, que había destrozado tantas vidas. Ella no podía recriminarle nada. Pero lo conocía. Sabía. Insistió.
—Jacob no es un traidor.
Casandra se puso seria de pronto, pero no parecía enfadada sino dolida.
—¿Lo ves? Hago daño. Siempre digo que es mejor no saber.
—Conozco a Jacob…
—¿Cómo él te conocía a ti? ¿Qué diría él si viera tu pasado?
Entendería. Kain no, pero Jacob lo entendería.
—No era un traidor.
—¿Crees que lo que te muestro es falso?
Perséfone negó con la cabeza. No, no dudaba de la anciana, había cosas que ella no podía saber, cosas que no se le ocurriría recrear. No había conocido a Jacob. Había gestos que eran suyos, su forma de sonreír, de atusarse el pelo…
—Aún no lo hemos visto todo.
***
El sonido de las sirenas ponía nerviosos a los científicos, aunque ninguno abandonó su puesto. Se escuchaban explosiones cercanas, las luces parpadeaban sin llegar a apagarse y ellos se miraban, diciéndose que no eran soldados. Aguantaron los temblores de tierra, los ruidos del exterior, y fueron dejando el trabajo poco a poco. El joven que ponía electrodos en el pecho de Jacob los fue retirando con lentitud.
—Parece que tenemos el combate sobre nuestras cabezas —dijo él, intentando animarles, pero su franca sonrisa los ponía más nerviosos. Terminaron de apagar los aparatos y se quedaron quietos, mirándose, deseando salir corriendo hacia el refugio pero temerosos de hacerlo antes de recibir la orden de evacuar. Jacob se vistió despacio, aparentando no estar inquieto. Él sí era un soldado y los civiles no deben saber que los soldados también tienen miedo.
Desdémona dio la orden de evacuación por los altavoces, Jacob pensó que si la voz hubiera tenido color, también habría sido negra. Los soldados aparecieron en la puerta, para controlar que los civiles salieran de forma ordenada. Jacob esperó ver a Filo Omega, pero ella no los acompañaba; terminó de vestirse, sin mirarlos, concentrado en la hebilla del cinturón, en los botones de la chaqueta.
—Vamos —los apremiaban los soldados desde la puerta. Los científicos se apresuraron a obedecer, atropellándose en sus prisas por salir. Uno de ellos tropezó y cayó al suelo, Jacob se entretuvo en ayudarlo. El hombre lo miró fijamente y Jacob asintió con la cabeza. Notó cómo el científico se apoyaba en su brazo y lo apretaba con fuerza.
Sí, iban a intentarlo.
Se aseguraron de salir los últimos del laboratorio. No les preocupaba a dónde llevaban a los civiles, se escabulleron en la primera esquina y corrieron hacia el hangar donde las naves despegaban y aterrizaban en un movimiento continuo. Los aparatos que conseguían aterrizar estaban dañados, los pilotos heridos eran llevados con rapidez a la enfermería. Nadie se fijó en  ellos, eran tantos los que corrían. Nadie pensó que alguien estaba tan desesperado como para intentar robar una nave estropeada.
Jacob señaló una de ellas.
—No parece en muy mal estado, corre —dijo, mientras él se dirigía hacia otra. La habían dejado abierta cuando habían sacado al piloto, algunas luces estaban todavía encendidas. El corazón de Jacob se aceleró.
La esperaba.
Filo Omega se planto delante de él, con la espada desenvainada, como si llevara horas allí esperándole, como si lo supiera.
—¿Dónde vas, traidor?
Llevaba la guardia baja, pero se habían enfrentado muchas veces como para no saber que era más peligroso verla así que con la espada en alto, porque el golpe vendría sin esperarlo. Jacob se resignó, era inútil mentir.
—Me marcho a buscar a mi hermana. ¿No ves que es lo que te conviene? Déjame ir y la servoarmadura será para ti.
—Si crees que voy a dejar escapar a un traidor es que no me conoces. Yo soy un soldado —levantó la espada un palmo, un movimiento apenas perceptible, pero Jacob la conocía. Avanzó un paso hacia ella.
—Eres muy valiente escondida tras una espada. Y no eres más que eso, esa hoja de metal. El brillo oculta que eres lenta y débil. ¡Vamos, mátame! Es tu oportunidad. ¡La gran heroína! Pero tú y yo sabemos que no eres capaz de derrotarme… Yo soy el elegido. Tú no eres más que una vieja gloria que se aferra a un pasado que ya no existe. Tú estás aquí para que yo me entrene. ¿Quieres detenerme? No puedes, porque yo ya te he vencido. Yo soy el futuro.
Ella había retrocedido, intentando mantener la distancia, el sudor resbalaba por su frente y la vena que cruzaba su sien se abultaba, revelando el esfuerzo por mantener el control y no dejarse llevar por la rabia. Fue un segundo, cuando el brillo de una de las luces se reflejó en la espada y le arrancó un destello. Eso era ella. Un destello que se apagaba. Pero aún tenía fuerzas para asestar un último golpe. Levantó el arma.
Jacob no perdió el tiempo. Esperaba el movimiento y la golpeó con fuerza en el plexo solar, derribándola. La embestida de un toro. La espada salió volando, pero Jacob ni se molestó en mirar dónde caía, se dio la vuelta y corrió hacia la nave. Cerró la escotilla y la puso en marcha. El sonido del motor era extraño y se elevó a trompicones, pero eso no importaría cuando saliera al espacio. Solo necesitaba alejarse de allí. Era lo suficientemente hábil para pasar entre las naves, no importaba que la palanca que señalaba el rumbo estuviera estropeada, que los sensores le avisaran de que la presión térmica era mucho más baja de lo aconsejado. Se sentía bien, el sensor podía estar estropeado.
Ajustó la frecuencia del transmisor hasta que localizó una voz amiga.
—¡No me sigas! ¡Aquí nos separamos, no me sigas! —era una orden, aunque tal vez el  científico no la tomaría como tal. Localizó su nave y lo vio alejarse del campo de batalla describiendo una línea  extraña. Esperaba que tuviera suerte, pero no podía hacer nada más por él.
Sintió el primer golpe por detrás y activó la cámara. Lo perseguía una nave tan destartalada como la suya, lo embestía de manera precisa, como el filo de una espada.
«Sí, me estás siguiendo a mí. Acabo de salvar a un hombre».
***
Las imágenes se oscurecieron de pronto y Perséfone sintió entre sus manos el peso de la cabeza de Casandra. La estaba sujetando. Parpadeó, reacia a volver al mundo real, a dejar de acompañar a Jacob, pero no sabía cómo mantener el contacto.
Casandra estaba inconsciente, era Perséfone la que evitaba que su rostro se golpeara contra la mesa. Sus ojos seguían abiertos, pero no parecía contemplar nada. Era como si la anciana fuera una carcasa vacía. Sus manos habían caído sobre la vieja gorra de Jacob.
—Casandra… No, ahora no.
Perséfone cerró los ojos, presionó más los dedos sobre las sienes, apretó tanto que le parecía que podría romperle los huesos. El mundo tras sus párpados cerrados seguía oscuro. Los sonidos que oía no eran la respiración de Jacob, sino el viento.
—Ahora no, Casandra. Tengo que saber. Tengo que verlo. Jacob… Jacob…
***
La nave de su enemiga estaba en mucho peor estado que la suya. Jacob fue incapaz de abrir la escotilla y tuvo que retirar trozos enteros de chapa para poder llegar hasta la cabina del piloto. Filo Omega estaba allí, inconsciente, atrapada por una placa que le había caído encima. Sería tan sencillo dejarla allí, eso es lo que hubiera hecho ella. O no. Ella lo habría rematado, eran enemigos.
«Si ni siquiera tengo claro a qué bando pertenezco», pensó, mientras inspeccionaba el lugar para quitar la placa que la aprisionaba sin que todo a su alrededor se derrumbara. No parecía herida, movió la cabeza, señal de que se recuperaba.
—Mis hermanos eran muy inteligentes, hablaban de cosas que yo no entendía, con los ojos muy brillantes, tenían proyectos… Pat miraba a Kain orgullosa —recordó—. Yo nunca he sido tan listo, pero era fuerte y podía ayudarlos de otra forma. Se apoyaban en mí cuando me necesitaban y conseguí no ser una preocupación para Pat… pero Pat se fue y Kain no podía apoyarse solo en mí, la necesita a ella.
Apuntaló las paredes antes de levantar la pesada placa, consiguió a duras penas echarla a un lado, Ángela tenía ya los ojos abiertos y lo miraba, no hizo ningún movimiento.
—Ellos me miran —siguió Jacob—. Los científicos, Desdémona… Como si estuvieran orgullosos de mí, como si ese fuera mi sitio, dentro de la servoarmadura…
Ella no replicó, pero seguía sus movimientos con los ojos. Jacob apartó unos tubos de hierro, sin atreverse a preguntarle si podía mover las piernas, seguir hablando parecía más fácil.
—….pero no lo es. A Pat no le gustaría, ella no estaría orgullo…
Jacob se miró el vientre, dolía, pero no estaba sorprendido. La punta de la espada lo atravesaba de lado a lado. Filo Omega lo había atacado por la espalda. «No debes darme la espalda. Nunca». Lo había olvidado. Ella continuaba inmóvil, tal vez no podía moverse. Jacob la conocía bien, sabía que en ese momento estaba maldiciendo su cuerpo débil, ese cuerpo que necesitaba ocultar dentro de la servoarmadura, para que nadie dudara de que era la mejor, para que su cuerpo de metal aguantara los estragos del tiempo, para ser una leyenda para siempre.
Jacob sentía sus manos resbalando en el filo de la espada, era extraño sentir que las fuerzas lo abandonaban, ni siquiera cuando de pequeño había estado enfermo se había sentido tan débil.
Cayó junto a las piernas de Ángela, que siguieron sin moverse. Jacob pensó que tenía los pies pequeños.
***
Perséfone era consciente del viento, del peso de la cabeza de Casandra entre sus manos, del ambiente cerrado y espeso de la habitación. Abrió los ojos y dejó con cuidado la cabeza de la anciana apoyada sobre la mesa. Cogió la gorra y la guardó en su bolso, tenía un tacto áspero. Parpadeó, intentando ahuyentar las lágrimas. Se preguntó si siempre era así la muerte, más sorpresa que dolor. Odiaba las armas con filo.
«Casandra tenía razón. Esperaba otro final».
Salió de la casa y corrió hacia su nave, como si la lluvia que golpeara la cúpula pudiera alcanzarla. Encerrarse en la cabina del piloto fue un pequeño consuelo. Su pequeño espacio, se entretuvo en conectar el extractor y fumarse un cigarrillo antes de despegar. No necesitaba a Casandra, tenía la clave para abrir la compuerta. Hades no se había molestado en cambiarla.
«Solo soy una mota de polvo».
Despegó, en el exterior su nave apenas podía resistir los embates del viento y la lluvia. Entendía lo que decía Casandra. Dejarse arrastrar. Sería tan fácil. Pero tenía responsabilidades, tenía a Kain. Y la imagen de una mujer con una espada, a la que no conocía.

Perséfone 012: La herida invisible

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EN EL NÚMERO ANTERIOR:
Para defenderse del ataque de Kain, Perséfone dispara y su hermano cae al suelo. Sin saber si está inconsciente o muerto, corre hacia él mientras las risas de Afrodita le hacen pensar que todo puede ser una ilusión.



La oscuridad solo le permitía ver bultos informes y Perséfone corrió hacia el que pensaba que era Kain. Tropezaba, sus pantalones se enganchaban entre los picos que sobresalían de la basura. Notó como se desgarraban y tiró de ellos sin detenerse mientras olía la voz melosa de Afrodita a su espalda. No se volvió. El ataque no vendría de ella, ese no era su plan. Se reía. Perséfone ni siquiera intentó escuchar lo que decía, no le importaba. ¿Cómo podía estar Kain tan lejos? O ella correr tan despacio. Tropezó y cayó al suelo, de rodillas, pero sus manos no se clavaron en viejas latas vacías sino que chocaron contra una fría losa de mármol.
Volvía a estar dentro de la ilusión.
Respiró hondo y levantó la cabeza. Delante de ella veía un pasillo iluminado por antorchas que ardían sin desprender humo. El cuerpo de su hermano estaba a pocos metros y ahora sí podía reconocerle… O podía no ser real. Avanzó a gatas, sin perder el tiempo en levantarse, pero una figura se interpuso en su camino. La niña que había visto acompañando a Afrodita se situó delante de Kain y la miró fijamente con sus grandes ojos castaños.
Perséfone la evaluó con rapidez. No parecía armada y no creía que fuera rival para ella. De todas formas evitaría el enfrentamiento, solo quería llegar hasta su hermano. Intentó seguir avanzando, con los ojos fijos en la niña por si hacía algún movimiento, pero no pudo. Lo intentó, una y otra vez, pero era imposible. Cada paso que creía dar hacia la pequeña lo que hacía era llevarla hacia atrás, como si la empujaran. No la rodeaba un escudo contra el que tropezara, era más bien como si fueran dos polos iguales de un imán que se repelían.
Afrodita se acercó hasta situarse a su lado. Los ojos de Perséfone seguían fijos en Kain, su cuerpo se había preparado para incorporarse aunque aún no lo había hecho, se había quedado encogida, agazapada junto a la figura imponente de su enemiga. «La victoria te hace más alta… o quizás es que lo que veo no es real».
Había dejado de reír y contemplaba lo mismo que ella, la figura desvanecida en el suelo del que había sido su aliado.
—Lo has matado —no había rastro de pena en su voz—. ¿O no? Mira, aún se mueve.
Era cierto. Perséfone veía a Kain moverse, incluso emitió un quejido débil. ¿O era una ilusión? Intentó fijarse en si respiraba. Creía que sí, pero a esa distancia no podía estar segura. Siempre había pequeños detalles que Afrodita no podía controlar. Pero allí sí, porque aquella era su venganza.
—Aún puedes salvarlo —la voz se volvió aún más melodiosa, sugerente, expresando en palabras su más profundo deseo. Perséfone esta vez sí levantó la cabeza y la miró, porque intuía que había algo más. Afrodita dejó escapar una sonrisa cuando comprobó que había captado su atención—. No es demasiado tarde, pero tiene un precio. Todo tiene un precio —se pasó la mano por su rostro, como si recordara que ella también había tenido que pagar. Su cuerpo se tensó, su voz sonó ahora más dura—. ¿No era eso lo que decías? ¿Estás dispuesta a pagarlo?
Perséfone tragó saliva. Estaba dispuesta, por supuesto. Claro que lo estaba. Y era consciente de que sería algo que no iba a gustarle. Se incorporó y asintió con la cabeza.
—¿Qué quieres que haga?
Por toda respuesta Afrodita señaló a su derecha, donde Perséfone distinguió una puerta cerrada que comenzaba a abrirse. Sabía lo que encontraría detrás, un lujoso salón sin ventanas al exterior. Escuchó las voces familiares que discutían detrás de la puerta, dudando entre acercarse a ella o no hacerlo. La voz de Martin rogaba prudencia mientras que el profesor Algernon quería salir de allí de una vez. No era muy difícil adivinar cuál de los dos impondría sus deseos.
—Mátalos.
Afrodita dio la orden en un susurro y Perséfone se preparó sin pensar, con la mirada fija en la puerta. Era como si ella misma no fuera real y se hubiera convertido en un elemento más de la ilusión, igual que las paredes que la rodeaban. El mundo pareció ir de pronto a cámara lenta para que ella tuviera tiempo de preparar el arma y apuntar. Dejó caer una rodilla al suelo para conseguir más estabilidad, en la otra apoyó el brazo. No le gustaba acercarse demasiado, era más fácil acertar a distancia.
—No seas idiota, Martín. Se ha olvidado de nosotros, hace horas que esperamos —las voces de detrás de la puerta se acercaban.
Lo había hecho tantas veces. Nunca le había temblado la mano. Disparaba sin cuestionar la orden que le habían dado, como un soldado que supiera que estaba haciendo justicia. Solo que ahora la orden no se la había dado Hades y no había justicia en aquello, solo egoísmo. Dos inocentes eran el precio de acercarse a Kain, de arreglar su error.
Arreglar errores cometiendo otros, esa era su vida.
Era lo que tenía que hacer.
***
Lya había permanecido en la puerta de la habitación lo que le pareció una eternidad, sin conseguir decidirse a entrar y usar el arma que Kain le había dado. El puñal invisible era algo fascinante. Cortaba y tenía que tener cuidado. Lo había examinado una y otra vez, había recorrido la hoja con el dedo y había apretado el mango hasta ser consciente de su corporeidad aunque no pudiera verlo. Pasó mucho tiempo antes de que oyera la voz de Kain no muy lejos y lo espió a escondidas.
No estaba solo. Hablaba con la mujer desconocida. Ella estaba a más distancia, pero su actitud no le gustó. Parecía cansada y tenía en los ojos ese brillo de los que lo han perdido todo, Lya sabía que la gente que no tiene nada que perder es peligrosa y no tuvo que esperar mucho para comprobarlo. Cuando Kain cayó al suelo continuó sin moverse, observando una escena que no era muy distinta a otras que había contemplado en el pasado. Los hombres se mataban unos a otros en cuanto tenían la oportunidad y era mejor que no la descubrieran.
Sin embargo, la escena que contemplaba ahora era diferente. La mujer no parecía aliviada después de la caída de su enemigo, sino que se la veía nerviosa y avanzaba hacia el joven con impaciencia pero muy despacio. Lya no entendía por qué, la veía tropezar en lugares donde no había nada, daba la impresión de que estaba ciega. Extendía los brazos y llegó un momento en el que cayó al suelo, como si no pudiera dar ni un paso más.
Ni siquiera el que Afrodita siguiera a la desconocida suponía un alivio para la niña. Su protectora parecía estar muy cansada. Se detuvo y cerró los ojos un momento, como si quisiera hacer algo que le costara un gran esfuerzo. Se vio recompensado por el miedo que apareció de pronto en el rostro de la desconocida, aunque Lya no sabía qué era lo que había hecho. Afrodita abrió los ojos y continuó avanzando, sus pasos eran lentos porque no podía más. Quería impedir que la mujer llegara hasta Kain, pero con sus miembros frágiles no lo lograría. Aquella desconocida podría librarse de ella con una simple sacudida si intentaba agarrarla.
No, aunque estuviera en el suelo, aunque en su rostro se reflejara el miedo, aquella mujer no estaba derrotada.
Lya se armó de valor y salió de su escondite. Se situó delante de Kain, como si con su pequeño cuerpo pudiera impedir el paso de la mujer hasta su compañero. Afrodita se relajó al verla y emitió un suspiro de alivio. Sonrió ante el desconcierto de la desconocida y Lya también sonrió cuando Afrodita le ordenó matar a los hombres. De pronto todo iba bien. Su protectora mataría después a la desconocida y ya no habría peligro. Volvería a sentirse segura.
Lya contuvo la respiración. No, las cosas no iban bien.
Todo sucedió tan rápido que casi no le dio tiempo a reaccionar. Oyó las voces de los hombres acercándose a la puerta, el pomo girando para abrirla, la mujer amartillando lo que sin duda era un arma invisible. Y entonces la niña lo supo. El giro del cuello, el ángulo de la mano, el comienzo del movimiento preparado.
Lya gritó y Afrodita se giró hacia ella, porque era la primera vez que hacía algo así. En su rostro se leía el desconcierto. No lo entendía y la niña no podía explicárselo. No había tiempo. Sin pensarlo dos veces echó a correr hacia la desconocida, que no se movió ni un milímetro, como si no viera ni oyera nada de lo que ocurría a su alrededor, tan concentraba estaba en lo que iba a hacer. Lya gritó de nuevo cuando vio que se giraba hacia Afrodita y disparaba a bocajarro.
Intentó golpear a la mujer con la rabia que a duras penas se había sobrepuesto al miedo, pero su adversaria había salido volando por los aires y no era la única. La fuerza de la repulsión que irradiaba había empujado también a Afrodita como si un tornado hubiera arrastrado todo lo que encontraba a su paso. Al menos parecía que había conseguido desviar la trayectoria de la bala, porque Afrodita estaba en el suelo pero se movía. En el interior de la habitación se habían escuchado golpes como de cristales rotos y la puerta no se abrió, las voces del interior se convirtieron en susurros asustados.
La mujer se incorporó a duras penas, sus manos estaban vacías. Miró un segundo a Afrodita y luego se giró hacia la niña.
—Deberías comprobar que está bien —la desconocida señaló a su adversaria, se sacudía el polvo de los pantalones pero su postura relajada era solo apariencia, sus músculos estaban tensos, esperando la primera oportunidad que tuviera para correr hacia Kain. Lya lo sabía. Y también intuía que en sus manos podía tener ya otra pistola, invisible a sus ojos. Miró a Afrodita por el rabillo del ojo, había dejado de moverse.
El nerviosismo que sentía aumentó. El mundo que la rodeaba, su mundo nuevo, empezó a desmoronarse. Desparecía ante sus ojos. Seguían rodeados de hermosas paredes pero el suelo bajo sus pies volvía a ser basura.
—No está muerta, ni siquiera inconsciente o la ilusión habría desaparecido del todo —dijo la mujer—. Ayúdala. ¿Cómo te llamas? Yo soy Perséfone. Somos… viejas amigas.
La mujer solo quería fingir que era amable para que se confiara. Era peligrosa. Y Lya no iba a darle su nombre. La buscaban, querían matarla. Ni siquiera se lo había dicho a Afrodita que la llamaba “mi pequeña ninfa”. Estuvo a punto de decir eso pero a sus labios acudió el nombre por el que solía llamarla Kain.
—Sxoria —respondió, las palabras no sonaban bien en su voz, las pronunciaba mal, no conseguía darle el tono correcto, escupir cada sílaba como hacía él. El sonido de su propia voz le sonaba extraño, discordante. Sin embargo Afrodita siempre la animaba a cantar—. No… Muevas…
La mujer que había dicho llamarse Perséfone volvió a quedarse quieta, el movimiento que había hecho era muy leve y, a pesar de todo, la niña lo había percibido.
—No estás armada y yo sí.
«Y es grande. Y es peligrosa como un escorpión. Y yo tengo miedo».
***
La niña estaba desarmada y ella tenía ya de nuevo la pistola en la mano. Perséfone se preguntó si las balas la rozarían o si también las repelería como a la gente que intentaba acercarse a ella. Solo podía hacer una cosa para saberlo.
Intentó ponerse de pie, la ilusión de Afrodita no se había desvanecido del todo sino que fluctuaba y en ocasiones todo se veía oscuro, pues todavía debía ser de noche. Extendió la mano y apuntó a la niña con la pistola que había sacado del cinturón.
—Solo quiero llevarme a Kain, Sxoria —pronunció con cuidado aquel nombre que no había oído nunca; podría haberla llamado “pequeña”, pero no quería sonar condescendiente, llamarla por su nombre era reconocerla como a una igual, ya había visto que aquella no era una niña corriente. Sin embargo su torpe intento no obtuvo resultado y a punto estuvo de resoplar, impaciente, cuando la niña negó con la cabeza. Su rostro estaba muy serio. ¡Maldita sea! No podía echar a correr hacia su hermano mientras ella estuviera en medio.
—Está herida —insistió, aunque la niña no desvió los ojos hacia Afrodita; y ni siquiera quería engañarla, no estaba mintiendo… o no del todo. ¡Se le daban tan mal esas cosas! Lo suyo era disparar—. Tienes que ayudarla, puede salvarse.
¿Quería realmente que la niña la ayudara? Era tan buena ocasión para librarse de Afrodita, pero no estaba allí para eso, nunca había pretendido matarla. ¿O no lo había hecho hacía unos minutos? Aprovechar la oportunidad. La bala que tendría que haber disparado hacía muchísimo tiempo. ¿No había pensado en eso? ¿Salvar a Kain no había pasado a un segundo plano? «No la odio. Ya no. O sí… La odié, pero ya no merece la pena. Si hubiera querido matarla estaría muerta».
Avanzó unos pasos hacia Kain, sin dejar de apuntar a la niña con el arma. Ella retrocedió y le dejó espacio para que pudiera agacharse junto a su hermano. No hizo intenciones de acercarse a ella y volver a usar su poder. Quizás dudaba. La pequeña tenía miedo y eso era lo importante. Perséfone emitió un suspiro de alivio cuando comprobó que Kain respiraba. La bala estaba alojada en el hombro y se había dado un golpe en la cabeza al caer.
—No te preocupes, Kain —murmuró—. Te pondrás bien. Te pondrás bien.
Soltó la pistola sin perder de vista a la niña, pero no hacía nada, se había quedado mirándola, sin intentar detenerla ni acercarse a Afrodita. Perséfone le indicó que iba a hacerle un vendaje improvisado, que no quería hacerle daño. Esperaba que la pequeña lo comprendiera porque solo podría ver sus movimientos ya que la tela era invisible. Tenía que entenderlo, él era su aliado y ella lo estaba ayudando. Quería salvarlo. ¿Cómo hacerle comprender que era su hermano? Quizás que lo supiera lo pondría en peligro a él. Tantas decisiones difíciles. Odiaba tomarlas, odiaba pensar. Sxoria abría espasmódicamente uno de los puños como si quisiera golpearla. El otro no. El otro lo mantenía quieto.
Casi cerrado. Tenso.
Como si sostuviera algo que ella no podía ver
***
A Lya no le gustaba Kain y tampoco la desconocida. No se acercó a Afrodita. Sabía que la había perdido, estaba tan acostumbrada a verlos morir… Con su madre había sido igual, días a su lado hasta que dejó de moverse y se quedó muy fría. Nadie duraba mucho en las Colinas de la Escoria. Eran sus colinas. Solo ella sobrevivía. Porque el miedo la ayudaba y le decía lo que tenía que hacer.
El miedo era el que levantaba el brazo, el que fijaba los ojos en el objetivo.
El que lanzaba el puñal.
Lo hizo mal, por supuesto. No consiguió la gran precisión con que los lanzaba Kain, pero de todas formas la mujer no podía esquivar algo que no veía, algo que no esperaba. No lo hizo y la hoja se clavó en su costado. Antes de que Perséfone dirigiera la mirada sorprendida hacia el arma, la blusa ya se había manchado de sangre.
«Muere, muere, muere…» —murmuraba la niña y era como si cantara una canción—. «Muere, muere, muere».
Y fue entonces cuando Kain empezó a recuperar el conocimiento, su cuerpo se tensó al ver a su hermana al lado. Ella no se había dado cuenta, se miraba la herida, más confusa que asustada. Y él entonces agarró el mango del puñal invisible y, en vez de sacarlo, apretó y lo hundió más en la carne.
Sxoria sonrió, era como si Kain la estuviera escuchando.
—«Muere, muere, muere»
Y Perséfone levantó la cabeza pensando que eso era el dolor. Sale de las entrañas y sube hasta el pecho como un latigazo, se incrusta en el alma. Casi no sintió la presión de la mano de Kain, su hermano apenas tenía fuerzas, pero el gesto le dolió mucho más que el mismo ataque. Y, antes de desmayarse, pensó que daba igual si moría o no. Afrodita había ganado.
***
Perséfone despertó en el hospital, conectada a una máquina que emitía un pitido que había sido la banda sonora de sus pesadillas. Por un momento se preguntó si aún seguiría soñando. Oía hablar a las enfermeras, decían que había tenido mucha suerte. ¿O era una ilusión y aún estaba tirada sobre un montón de basura? Le dolía el costado. Los médicos iban y venían, nunca se quedaban mucho rato. Nadie iba a visitarla.
Fue Bayley el que llegó dos días después, con una caja de bombones que ella no llegó a abrir. Le contó que el profesor Algernon y Martin estaban bien, felices porque habían recuperado su basura. Afrodita había desaparecido sin dejar rastro y el alcalde había decretado un día de luto por todas las víctimas, aceptando que había sido engañado como los demás. Ella había tenido mucha suerte, le dijo, los profesores de la universidad se habían erigido en salvadores de la ciudad y de ella misma, fueron los que avisaron a las autoridades y la llevaron al hospital. Perséfone casi no se atrevía a preguntar por Kain.
—¿Hubo más supervivientes? Había otro herido…
—No encontraron a nadie más. La niña desapareció con Afrodita. Estabas sola cuando te encontraron. No te preocupes, recupérate, tómate unos días libres y piensa en lo que te conté. Ya hablaremos.
No hubo más visitas, nadie le envió flores. Solo llegó un paquete una vez, se lo trajo una enfermera y, cuando lo abrió delante de ella, no había nada. «Un bromista», dijo la joven, pero Perséfone notaba el peso del puñal invisible sobre sus piernas, donde había caído al dar la vuelta a la caja. Era una amenaza.
Y por primera vez en todos esos días emitió un suspiro de alivio.

EN EL PRÓXIMO NÚMERO:
Perséfone seguirá el consejo de Bayley y se irá unos días de Blugdor, pensando en que una vez tuvo dos hermanos.